Los infiltrados son los nuevos demonios del procesismo. El capo Torra, que por la mañana pasea con los niños insurreccionales que cortan autovías, sostiene que «No tenemos que dejar que los infiltrados y provocadores nos aparten del buen camino» y «No tenemos que caer en el engaño de las provocaciones, no nos representan». Todavía peor, más deprimente, es escuchar a gente supuestamente cabal tratando de distinguir entre los separatistas, identitarios, pero demócratas, ojo, de los cafres encapuchados. Como si el nacionalismo no tratase de arrasar la convivencia. O como si sus fines no fueran obviamente políticos. Y claro, el PSC gobierna con los separatistas decenas de ayuntamientos. Incluida la diputación de Barcelona en compañía de Junts per Catalunya. Ayer mismo la Diputación aprobó, con los votos favorables de JxC y ERC, una moción en favor de los delincuentes. El PSC votó en contra, aunque no piensa romper con quienes hablan del «carácter pacífico y no violento del movimiento independentista catalán» si eso pone en riesgo el control de una red de 311 municipios, que sirve a cinco millones y medio de personas, el 75% de la población de Cataluña, y con 4.000 empleados. Hablamos de un presupuesto de 1.000 millones de euros y 84 cargos de confianza. Puro maná para un PSC hambriento de poder y alejado de la caja de caudales tras años de pasear por el desierto. De ahí que todo valga y silben lamentables excusas cuando sus aliados escupen embustes, denigran el sistema y alientan a miles de fanáticos para tomar las calles. De vuelta a los infiltrados cabe preguntarse por su identidad y, de paso, reclamar a la masa encolerizada que redireccione su furia. En vez de quemar contenedores, arrancar señales de tráfico, arrojar petardos a los helicópteros y adoquines a los antidisturbios, en lugar de rebuznar consignas contra el parlamento y los jueces, reventar escaparates y disparar ácido a los policías, qué tal, para variar, si prueba a enfrentarse con los supuestos topos. En cuanto al caso del PSC y afines parece que les sale mejor negar la raíz violenta del nacionalismo, segregar a los exaltados de los supuestos, muy supuestos demócratas y hacer el canelo mientras sus socios reclaman que el gobierno respete «la legitimidad de las personas elegidas democráticamente a las diferentes instituciones catalanas». Y al final del día, tras señalar a quienes agitan el árbol, cenar perdices y degustar nueces.

Julio Valdeón

© Julio Valdeón Blanco / Diseñado en WordPress por Verónica Puertollano (2012)