Reeditan Noche de tahúres, de Raúl del Pozo, y es como si de alguna forma reeditasen lo mejor que fuimos y somos. La libertad para escribir a fogonazos, la pasión por la libertad, la balada de la mala reputación, el danzón electrónico del tapete en llamas. Ese libro, el primero de los suyos, fue un disparo en la sien de muchos lectores. Nos voló los sesos. Un pildorazo de noche y ruleta, una enmienda contra la prosa funcionarial que aliviaba la pretensión de expurgar del castellano el lujo, el plomo y los alcoholes. Somos los últimos de Filipinas. Cerraron los cines, dejamos de leer en papel, los niños no escuchan ya a Van Morrison, a Neil Young ni a Beethoven y en las redacciones de los periódicos tampoco puedes fumar o beber. Hemos pasado de venerar a Humphrey Bogart y John Huston a soportar a unos ídolos aniñados, que ponen su firma a colecciones de ropa y promocionan marcas de videojuegos. Tenemos a los escritores sumisos ante las acometidas de los ayatolás y el castigo de las redes sociales. Angustiados por las denuncias anónimas acabaremos reproduciendonos mediante esporas. Prohibirán a Peckinpah por glorificar la violencia, a Nabokov y a Machado por menoreros y a Picasso y Goya por taurinos. Pero queda Raúl, sus columnas, sus libros. Donde pasea una prosa magnífica, fulgurante, hipnótica. Un estilo con cama y whisky, con flamenco satánico y gasolina simbolista, que rehuye la pretensión de sonar bonito para agarrarte del cuello. Su escritura, enemistada con los barroquismos inanes, es perfectamente compatible con la obsesión por narrar: Noche de tahures evidencia que Raúl del Pozo siempre supo escribir y, sobre todo, que sabía qué contar y cómo contarlo. Después llegaron otras novelas. Como La novia, que tiene a un pintor sonámbulo y una chica arrebatadora, o No es elegante matar a una mujer descalza, que leí en el Ave, camino de las buganvillas de Málaga, el verano en que me dejó una novia, mientras Joaquín Sabina cantaba por los 19 días y las 500 noches quemadas en el casino de Torrelodones. En esos y otros textos nitroglicerina nos envenenamos de palabras y juramos teclear con la femoral expuesta frente al morlaco y el pitillo de medio lado. No lo duden. Esta novela al galope figura entre las cosas por las que merece la pena respirar. Ahora sólo falta que los editores continúen el trabajo y recuperen otras gemas perdidas del escritor necesario, del que «lleva años siendo el mejor de los que quedamos vivos» (Manuel Alcántara).

Julio Valdeón

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