Una tarde de otoño mi padre señaló a un hombre que caminaba bajo los soportales de la plaza Mayor de Valladolid: «Mira hijo, ahí va Miguel Delibes, el mejor escritor en lengua castellana de este país». Lo recuerdo ahora que los lingüistas y los académicos dan por hecho que el mundo se va al carajo, que acabaremos escribiendo mediante emoticonos, semejantes a adolescentes hasta las cejas de selfies o monos recién salidos de las cavernas. Dicen que el manantial de agua fresca del periodismo agoniza desde que despidieron a los correctores, que el pluriempleo y la nula monetización de la publicidad en internet despeñaron la prosa. En el peor de los casos, cuando duden de todo, hagan como yo y recuperen la fe de vuelta a Delibes. En su escritura encontrarán la caja de herramientas necesaria para atropellar espectros, recargar baterías y burlar a los embajadores del Armagedón. Sepan que el hombre que firmó Viejas historias de Castilla la Vieja habría cumplido 99 años el 17 de octubre. En su obra apenas encontramos tránsito entre lo vivido y lo escrito. Una corazonada engañosa, pues por debajo late un poderoso trabajo para decantar el idioma sin perder una gota de sangre. Delibes, en fin, habría soplado 99 velas y yo, y todos los viejos y jóvenes reporteros, aprendices de escribas, regresamos una y mil veces a su costado. Para aliviar el sabor añoso de lo nuevo. Para enjuagar el ajado perfume de los dicterios digitales y el arabesco podrido del lenguaje falsamente literario. Quien quiera pelear en el diario con un idioma limpio pero no enjabonado, brillante sin coquetería, afilado sin pirotecnia, tarde o temprano debe aparcar en su obra.
Ramón García Domingo, escritor y biógrafo, recordaba en la revista Letras Libres el discurso de aceptación del doctorado honoris causa por la Universidad de Valladolid pronunciado por Delibes en 1983. Allí dijo que «Si el lenguaje es una de las virtudes que se ensalzan en mis escritos, habrá que reconocer que, en buena medida, ese lenguaje no es mío, es del pueblo, lo he tomado prestado. El mérito, por tanto, en un alto porcentaje, es de mis paisanos». Por supuesto el mérito era suyo y sólo suyo. Pero también es cierto que «la precisión, la expresividad, la tersura, el vigor, la flexibilidad de ese lenguaje me han sido dados, estaban ahí». En ese mismo artículo García Domingo recordaba las palabras del inolvidable Santiago de los Mozos, al que todavía lloramos, cuando explicó que «la gran empresa de Delibes, y en Las ratas nos brinda un ejemplo singular, ha sido la recastellanización de la lengua española. No para volver atrás, sino para que el español se renueve, se depure y acreciente con el acento de Castilla». El reto en prensa es cribar la lengua, ensuciarla de calle, limpiarla de academia y quemar el libro de estilo. Para lograrlo no hay como asomarse al mercurio de Delibes, espejo de palabras que arden con fuego blanco y frío. Un día, tres años antes de su muerte, le confesó a Juan Cruz que estaba «acostumbrado al periodismo de la linotipia, la teja y el chibalete, y el nuevo ha venido tan rápido que no me ha dado tiempo de asimilarlo. Lo veo como un invento reciente, y el mío, como una curiosidad medieval». Pero aquella curiosidad medieval, y el ejemplo de quién sufrió los embates de la censura, maestro de César Alonso de los Ríos, Francisco Umbral, Javier Pérez Pellón, José Jiménez Lozano, Manu Leguineche, Emilio Salcedo y José Luis Martín Descalzo, es hoy estación necesaria, recuerdo y fonda para quienes todavía aspiramos a pagar el alquiler con esta «extraordinaria habilidad evolutiva, cuyas partes principales están diseñadas para desempeñar importantes funciones» (Steven Pinker). Ninguna más noble que la de dar fe del mundo y de los hombres. Nadie más realista en el sentido más puro de la palabra, y ningún castellano menos engolado o presuntuoso, que el del autor de Los santos inocentes o El hereje. A Delibes no debemos acudir como aguadores de ningún aniversario, sepultureros sobrevenidos o saqueadores de tumbas. Él mismo desconfiaba de los escribas embebidos de gloria, siempre pendientes de la promesa estúpida de las negritas. Olviden el sueño eterno de los manuales escolares, recuerden que el artículo de hoy no servirá mañana ni para engordar cerdos y, sin embargo, disparen cada noticia, reportaje y columna con la exigencia de quien diseña las alas de un ultraligero. Cuando a nuestro alrededor todos lamentan la devastación del lenguaje en los medios y el naufragio de la sintaxis imaginen que colaboran en aquel mítico Caballo de Troya. Escriban como si el mismísimo Delibes, que cantó con letra dulcemente desgalichada la memoria de las milanas bonitas y los pequeños huérfanos, esperase nuestras piezas tras la mampara de El Norte. Sólo así honraremos este oficio maldito y al coro de gigantes sobre cuyos hombros todavía soñamos cuando escribimos.

Julio Valdeón

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