A Leyre Iglesias, que investiga como una mariposa y escribe como una avispa, que entiende que este es un oficio áspero, quieren hacerle un auto de fe. Los golpistas, los xenófobos, los de las antorchas por la calle, cachorros de alcaldes franquistas reciclados para CIU, canallitas del ibuprofeno, terceristas cómplices de los ataques contra la democracia y chiflados de la copa menstrual reclaman su inmediato fusilamiento por un reportaje en El Mundo. Donde describe hasta la náusea los privilegios feudales, las prebendas y el gazpacho, el régimen de visitas y los chollos que disfrutan los políticos conjurados para derribar el orden constitucional. El odio desplegado contra la gran reportera apesta a venganza grupal. Fue encabezado por un Gabriel Rufián, especializado en labores de gorilato y gran hacedor de linchamientos tuiteros (pregunten a Puigdemont por las monedas). Como ha escrito en un tuit el insobornable Jordi Cañas, de Ciudadanos, «El acoso a los periodistas que se atreven a decir la verdad y a investigar en Cataluña es ejemplo de cómo actúa la camorra separatista catalana. Prácticas mafiosas que buscan intimidar, coaccionar y amedrentar personalmente. Meter miedo al que osa atreverse como aviso a navegantes». Yo mismo, este fin de semana, tuve ocasión de entrevistar a algunos de los resistentes frente al rodillo totalitario. Por falta de espacio no publiqué en La Razón la historia del acoso al que fue sometido un profesor de secundaria que prefería no dar su nombre: «El año pasado fui denunciado, anónimamente, por una madre, primero a través de Twitter, etiquetándome a mí y a la cuenta del Departament d’Ensenyament, y después al Síndic de Greuges, acusado de hacer propaganda de un partido político en clase, concretamente de Vox». «La acusación», añadía, «era completamente falsa, porque, además, sin ánimo de justificarme, el ideario de ese partido está muy lejos de mi visión de las cosas. Pero si en clase, alguna vez, algún alumno decía que a los de Vox había que recibirlos a pedradas, pues yo seguramente dije que había que respetar a todos los partidos políticos constitucionales, por más que estuvieran en nuestras antípodas, que la democracia consiste en el debate de ideas en la plaza pública, y que hay que utilizar argumentos y no piedras». Pero en Cataluña ya sólo hay piedras. Contra nuestras mejores periodistas, contra los profesores y, en general, contra cualquiera que diga que el rey está desnudo.

Julio Valdeón

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