El nacionalismo catalán malvive entre la urgencia por estirar el chicle del Procés y el miedo a una reacción dura de Sánchez. Los mandarines encarcelados, y el zumbado de Waterloo, temen que la vida pase, como en la canción de los hermanos Amador, tus ilusiones y tus bellos sueños, todo se olvida, todo se olvida. Si los caudillos del intento de golpe de Estado son condenados corren peligro de que la historia los engulla. Olvidados como insectos custodiados en el ámbar de un tiempo absurdo. Contaban con el indulto, claro. A tal fin el sanchismo preparó el terreno, desde las reuniones del correveidile en la trena con el sumo pontífice a la devolución de las competencias presupuestarias, de la humillación a la abogacía del Estado a los despóticos desprecios de la ministra a la comunidad educativa y la burla continua a los derechos de los escolares. Pero cualquiera va y se fía de un presidente en funciones que ayer era plurinacional, anteayer habló delante de una rojigualda de doscientos metros, ayer no más decía España, ahora, y mañana pues a saber. Las políticas sanchistas son cócteles de aproximación, rancheras de bruma. Lo mismo saben a lima y limón que mezclan angostura y whisky. Cócteles mutantes, al gusto del fontanero Redondo, Rasputín 2.0 de prestigio sobrevenido. A favor de la pervivencia del momio nacionalista rema la necesidad del PSC por pillar cacho en las instituciones, de la diputación de Barcelona a cientos de ayuntamientos repartidos con ERC, que son ya muchos años de no comerse un rosco. Lo explicó Martin Scorsese el otro día, durante la presentación de la sensacional The Irishman en el Lincoln Center: las pirañas, mucho más que la pasta, ambicionan poder. El resto va de suyo. Sólo el mando, la púrpura, garantizan el flujo constante de parné, indispensable para comprar voluntades, el bastón de mando que da y quita prebendas, chollos, incienso, mirra, premios. En contra, la demostrada flexibilidad moral de un contorsionista capaz de abrazar a la víctima y al verdugo, y aplaudir, y llorar, durante la ejecución. Sánchez parte y reparte para beneficiar su voracidad, su ambición. El repertorio incluye la hipótesis de gasear el independentismo. Si el empeño constitucionalista durase algo más que el ciclo electoral, si el plan no consistiera en rearmar un tripartito con Colau y Junqueras, y «si no fueras tan pingo, tan tango, tan blues», Pedro, amore, lebrel, darling, pues a lo mejor iba y colaba. Pero estos son sus principios. Y si no le gustan tiene otros.

Julio Valdeón

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