El golpe persiste. Transformado en charada, bien, pero con los líderes independentistas lanzados, la mamandurria asegurada otro siglo y el nacionalismo consolidado como asignatura religiosa obligatoria, bien en formato desacomplejadamente supremacista bien en la versión new age del llamado catalanismo. En los últimos días hemos sabido que la Generalidad tenía línea directa con presuntos terroristas, que los espías cuatribarrados, abocetados por Manuel Vázquez Montalbán en El hombre de mi vida, encargaron la insurrección, y que familiares del trilero en Waterloo hacían de correos con Torra. Viniendo como venimos de un 1-0 de 2017 que puso en pie toda la mística violenta del asalto a la democracia, de los niños usados como monigotes frente a los antidisturbios y los Mossos en el papel de policía de parte, lo de ayer dió bastante lástima. La balcanización, toda vez que las élites políticas han asumido la amenaza real de la trena, convencidas de que el Leviatán no está dispuesto a dejarse enterrar, ha quedado en carnaval kaleborroka, antisistema, adolescente, burdo. Por más que los datos que vamos conociendo de la operación de la Guardia Civil contra los CDR ameriten la intervención inmediata de la Generalidad. Entre los cabezas de huevo del Proceso cunde la sospecha de que la gente no apretará lo necesario. En unos meses nadie recordará a los papas de la organización criminal que a punto estuvo de arrasar todo. Si son condenados, claro, y si Pedro Sánchez, si gana las elecciones, no reedita el auténtico trifachito, o sea, la cataplasma de Navarra, indulto mediante. En el interín veremos algaradas, contenedores por el suelo, vías de tren cortadas, toda clase de ornatos y farolitos por las montañas sagradas y coloristas decoraciones en las gradas del fútbol mientras los misioneros del movimiento de liberación nacional abrazan la vía hooligan y se les pone cara de mancuniano borracho o supporter pasadísimo en una novela de Nick Hornby. Siempre y cuando la tentación violenta, tantas veces ensayada en Cataluña, no engendre la flor podrida del terrorismo. Pim, pam, pum, que no quede ni uno, gritaban los nazis de guardia el otro día. Uno malicia que la repetición fáustica de la violencia no desaparecerá fácilmente, por más que sea palmario que los comandantes de la gran juerga preferirían ensayar caminos más confortables. Diez o quince años de efemérides del 1-0, con TV3 en permanente bucle de enajenaciones, con las cabeceras entregadas a mantener la llamita, con Pilar Rahola y Cotarelo y el resto en el papel de bufones patrióticos subvencionados, con la escuela instituida en bulldozer propagandístico, los funcionarios rebeldes acojonados, las instituciones secuestradas, el Estado volatilizado, los empresarios comprometidos con que el invento no ahuyente la clientela, la izquierda española entregada a blanquear gorilas, los sindicatos a cuatro patas y el suflé de las encuestas poco a poco imantado hacia ese futuro 60% que como pronosticó Iceta haría posible la secesión, emancipados ya nuestros vecinos de la sucia compaña de unos ciudadanos de segunda; libres del rollo ese de organizar los grupos humanos en función de criterios no sentimentales. Para lograrlo resulta indicado repetir que aquí no pasa nada y la culpa es de los extremistas a uno y otro lado. Guiones como los de la periodista Julia Otero, que en El hormiguero ha presumido de pasear el discurso común de la gente común. Otero alaba la equidistancia. Pero no hay ecuanimidad sin náuseas entre los CDR y S’ha Acabat!, Bea Talegón y Fernando Savater, los comisarios políticos que sancionaron a Francisco Oya y el propio Oya, profesor de historia suspendido de empleo y sueldo durante diez meses por salirse del currículum maoísta. El 1-0 fue un ensayo de kristallnacht y la única actitud decente es situarse frente sus druidas y cuanto enarbolan. El resto es bullshit.

Julio Valdeón

© Julio Valdeón Blanco / Diseñado en WordPress por Verónica Puertollano (2012)