Te tienes que reír. O pincharte. Cuando contemplas los balbuceos de Justin Trudeau, pillado en falta por sus aliados a causa de unas fotografías en las que aparece vestido para protagonizar El guateque junto a Peter Sellers o El cantante de jazz con Al Jonson. Las disculpas no han tardado en brotar de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color. «No debería haberlo hecho. Debería haberlo sabido, pero no lo hice. Y lo siento mucho», dice. Normal que el Washington Post hable ya de un incendio y que la campaña del amigo sude tinta y no de calamar. En España, un suponer, estamos muy cuajados en la caza del réprobo si es blanco, varón y heterosexual y etc. Incluso nos hemos hecho al insulto contra las féminas… siempre que les haya dado por desviarse del santo sacramento de un progresismo que es cualquier cosa excepto progresista. A Inés Arrimadas la llamaron «cerda» y «puta» y le desearon violaciones grupales. A Cayetana Álvarez de Toledo, un Anasagasti de manual, del que circula la grabación de un discurso digno del Giménez Caballero más exaltado, disparatado y pedante o el Girón más violento y siniestro, le dijo «estúpida, pija, creída y arrogante. Ah… y muy facha». A favor de la supervivencia de Trudeau, que pertenece al grupo que atormenta al resto con su adolescencia perpetua y sus ínfulas de superioridad moral y sus cachetes de monja alférez; en contra, que es tío y ya saben que en estos últimos tiempos la condición masculina ha sido desarticulada en un furibundo catálogo todo a cien de descontentos y desgarradas opresiones. Por supuesto que en América, pero mucho más en EEUU que en Canadá, la juerga blackface y las bromitas minstrel y los disfraces de cara tintada traen recuerdos muy sucios, tipo kkk y cruces de fuego. Y te preguntas qué harían los rastreadores de delincuentes morales, tan concienciados como payasos, si descubriesen que en países como España, que no es precisamente un lugar racista comparado con Italia o Reino Unido, era tradición que el concejal de turno desfilase como Baltasar durante la Noche de Reyes. Aunque no necesitas elucubrar demasiado. Scarlett Johansson renunció a interpretar a una persona transgénero porque, uh, no es transgénero y oye, está muy feo esto de que los actores hagan de tal y actúen. Lo de Trudeau invitaría a escándalo, y no por sus estúpidos disfraces, si no fuera por el sensacional espectáculo de contemplar como las pirañas devoran a uno de los suyos. Uno que podría haber sido de los nuestros, en otra vida, en otra galaxia, si no fueran tan ridículos, tan patéticos, tan reaccionarios. Si no viviéramos, desde hace tanto, completamente huérfanos.

Julio Valdeón

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