Las semblanzas, los análisis, saltan por los aires como globos de helio y dinamita. De que ahí que sea conveniente escribir con el freno incorporado. Prestos a mitigar excesos. Susurrar, por ejemplo, que Pedro Sánchez es un lebrel al que sólo interesan sus réditos personales. Un papagayo de consignas al peso. Alguien que escupe y recicla al ritmo que marcan sus guionistas. Normal que un viejo sociata, descreído de todo y sobre todo de su propio partido, que malvive acaudillado por una sombra, me explicase que Sánchez podría ser el mejor presidente para los intereses de los independentistas… o el peor, pues sería capaz de obligarlos a hacer gárgaras con napalm si estima que un 155 como el sombrero de un picador le reportará algún beneficio. Que tiemble antes que nadie su propio séquito. Picadillo humano para una voraz maquinaria. Podemos, un suponer, al que mantuvo in albis dos meses para luego forzarle a unas negociaciones contrarreloj que sólo podrían saldarse con la completa destrucción de los morados o, caso de fructificar, con su reconversión en bellos jarrones ornamentales. Trago a trago, sapo a sapo de la institutriz Calvo en el papel de ejecutora, sus mamporreros apretarán el nudo corredizo hasta pintar un cuadro tenebroso. O los fascistas o el caos. Con Podemos, que no tiene claro los beneficios de aceptar el ministerio de boy scouts y las secretarías de cirrocúmulos y estratos, obligado a elegir susto o muerte, colaboradores en calidad de mascotas de la ambición sanchista o cómplices del nacionalsocialismo gamado y ultrafascista que viene. Un breve repaso a Google encuentra a Pedro Sánchez acusando a Podemos de «fraude electoral» (2014), reconociendo «errores [pues] en el primer Comité Federal taché a Podemos de populistas. No sabía exactamente qué era Podemos. No supe entender la cantidad de gente que quiere renovar la política detrás de Pablo Iglesias» (con Jordi Évole, 2016) y convencido de que necesita «un Gobierno con un vicepresidente que defienda la democracia española [y ese, por lo visto, no es Pablo Iglesias]» (2019). La morralla habitual que esparce cualquier líder. Multiplicada hasta el infinito por quien debería de aceptar su descabalgamiento para que otro de su partido alcance una mayoría que no dependa de ERC, Bildu y etc. No sucederá, claro, porque a Sánchez, con su fondo de muñeco diabólico y sus ademanes mecánicos, con sus frases infladas y la mandíbula prieta, vive y respira por y para subsistir un día más con vida en Moncloa. Con Ciudadanos y con Podemos. Contra Rajoy («La responsabilidad de que el señor Rajoy pierda la investidura es exclusiva del señor Rajoy por ser incapaz de articular una mayoría») y/o con la abstención de Casado, que reclama con fieros ademanes de perdonavidas. Contra quienes «niegan que este país tiene un Estado social y democrático de derecho, que el Poder Judicial es independiente del Poder Ejecutivo y que aquí no se persigue a nadie por sus ideas y que no están encarcelados por sus ideas» y, oh, del lado de quien, en horario de máxima audiencia, pedía perdón, digo es un etcétera, «si hemos generado más dolor a las víctimas del necesario o del que teníamos derecho a hacer» (Otegi, sí). Sánchez bajó del cielo en un Peugeot abollado y se apareció a los pastorcillos de la militancia como un milagro hecho a sí mismo. Aunque el verdadero milagro es el de España, cuyo Estado sobrevive con graves inmunodeficiencias a la diamantina jeta de un fullero irrompible mientras soporta los embates de todos los virus imaginables.

Julio Valdeón

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