Como ya hemos contado otros días las sacas contra la justicia arrecian en tiempos infames. Presididos por un caradura dispuesto a todo. Eso incluye besarse con los que ayer asesinaban a sus compañeros de partido. Entre las fórmulas más abyectas y exitosas de enturbiar la verdad goza de gran predicamento verter injurias contra la portavoz del PP, Cayetana Álvarez de Toledo. Una de las cabezas mejor amuebladas de la política española y una analista de época: urge que alguien compile en libro sus columnas, entrevistas y reportajes. Al cabo una mujer insobornable mientras triunfa el victimismo interesado de las (y los) mediocres. El fuego le cae desde los dos lados de la trinchera. Disparan los arriolistas porque juzgan como radicales e inflamados sus análisis. Por supuesto ellos preferirían seguir en el suculento momio de siempre. Otros cuarenta años de concesiones a cambio de apoyos a unos nacionalistas insaciables, que respiran gracias a unos principios morales biliosos y un interés puramente crematístico, y psicopático, en los incendios que ellos mismos provocan. Desde el bando digamos identitario y populista ladran porque ya no distinguen a un demócrata de un pirómano y porque, presos del peor clasismo, etiquetan a las personas en función del color de su pelo y la riqueza de su léxico y los títulos y no sé qué más chorradas (ya si eso las tesis doctorales en Oxford con John Elliott otro día). Gente poco lúcida y menos leída. Que considera como evidente que la igualdad jurídica y política debe de ser algo así como ornitorrinco nacido en un laboratorio neocom o, glups, fascista. Luego, entre medias, quedan los pobres terceristas. Convencidos de que Álvarez de Toledo, lo que dice y escribe, trae un enriquecimiento por la derecha de los principios más conservadores. Cuando ella, desde una cierta derecha, yeah, moderna y limpia, y otros desde otros puntos, lo que reclaman, ¡reclamamos!, es el compromiso con los derechos de todos. La propia Cayetana ha diagnosticado que la pugna izquierda/derecha ha sido sustituida por una «confrontación entre quienes reivindican la democracia, la Constitución, los valores republicanos de libertad, igualdad y fraternidad, y los que no, el nacionalismo y el populismo». En el fondo, otra pelea clásica: la de los progresistas, librepensadores, ilustrados y heterodoxos contra los retrógrados, sectarios, prosélitos, fanáticos y utopistas mesiánicos. Normal que protesten los abonados a las viejas películas. Pero el mundo circula vertiginoso y las reivindicaciones de Cayetana, que es ya nuestra Marianne en el combate por la racionalidad, deberían de ser el abecé de una hipotética educación para la ciudadanía.

Julio Valdeón

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