En estas horas de titulares bruñidos con sangre el presidente Trump ha sido fiel a su letal habilidad para invocar los peores argumentos. Un raro don que no desfallece ni cuando trata de alinearse con las mejores causas. Así, tras las matanzas de Texas y Ohio, con un saldo de 29 cadáveres y decenas de cuerpos mutilados en el quirófano, señaló internet y las redes sociales por contaminar los cerebros más débiles. La culpa, de las cloacas. También exigió, vía Twitter, una legislación migratoria que le garantice la construcción del anhelado (e imposible) muro. El subtexto está claro: los inmigrantes traen drogas, violencia, muerte, y solo mi muralla garantizará la paz social. Puro detritus: ni los psicópatas que han protagonizado los últimos tiroteos eran inmigrantes ni las estadísticas avalan que “los de fuera” cometan más o peores crímenes. Para colmo uno de los dos asesinos salió a la caza de mexicanos. A los que en su delirio acusó de destruir el país en un manifiesto de regusto nazi. En esta ocasión Trump ha condenado el “supremacismo blanco” y su discurso queda lejos del tercerismo exhibido con ocasión de los crímenes en Charlottesville, cuando habló de la «buena gente en ambos lados». Pero ni cuando recibía los halagos del kkk ni ahora parece dispuesto a encarar las emanaciones, siquiera políticas, de una hojarasca ultranacionalista que aprovecha el miedo al otro, las cicatrices causadas por la gran depresión, las incertidumbres de los procesos globalizadores, para azuzar retóricas dinamita. Propias de quienes envueltos en la bandera husmean su particular hombre de paja a fin de atizar la hoguera. No olviden sus declaraciones al presentar la candidatura para las elecciones de 2016: «Cuando México envía su gente no envía a los mejores. Envía gente que tiene muchos problemas. Traen drogas, crimen, son violadores y, supongo que algunos, son buenas personas». Sería indecoroso responsabilizarle de las hazañas de un loco, como de hecho ya hacen, con más o menos disimulo, sus odiadores. Tan falaz como cebarse en el asunto de la ultraderecha: sin disimular su existencia ni edulcorar su peligro, equiparable por número de víctimas en EEUU al yihadismo, el problema esencial, el asunto clave que distingue y distancia al país del resto de naciones ricas sigue siendo la obscena cantidad de armas en circulación y lo fácil que resulta para cualquiera acceder incluso a herramientas y munición de combate. Aunque Trump pide que el legislativo establezca controles más severos para la compra de pistolas y rifles ya verán como no pasa nada más allá de retomar el runrún nativista. Este es el Berlusconi que tenemos en el Despacho Oval. Un payaso al que los más despistados y sectarios confunden con John Wayne. Débil y humillado con los fuertes, como la todopoderosa Asociación Nacional del Rifle, ante cuyo agresivo lobby y sus engrasados secuaces ensaya simpáticas monadas de perrito faldero, y fuerte con los débiles, con los mojados, los prófugos del coyote, los niños enjaulados sin sus padres y los pisoteados descendientes de Hernán Cortés y la Malinche. Como corresponde a una perfecta basura populista.

Julio Valdeón

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