Al síndrome de la Moncloa puedes llegar tras meses de charlar con los fantasmas de los tapices, en tardes de recibir la puesta de sol desde Doñana, de francachela con Berlusconi y Bush Jr. o al regreso del Benicàssim, luego de disfrutar un concierto de los Killers y hacerte tropecientos selfies a los lomos del Falcon. Lo que ya resulta extraño es germinar el virus antes de. Justamente lo que parece sucederle a Albert Rivera. Un toro probado en mil lances, que resistió allí donde la mayoría habría claudicado, última barrera constitucional en la Cataluña del insecticida al paso de Albert Boadella, admirable por tantas razones, de un tiempo a esta parte sólo conversa con el hombre que siempre lo acompaña, o sea, él mismo, preso del encantamiento y enfermo de ansiedad por asaltar Moncloa. A Rivera, que vino a llevarse la vida por delante, le puede la urgencia de olvidar su pasado como chico prodigioso de la política, campeón en los debates universitarios, nadador todoterreno. Descontados los mareos ideológicos y las renuncias, del abandono de la socialdemocracia, siquiera de boquilla, y de la decisión suicida de que Inés Arrimadas no expusiera lo suyo, que era lo nuestro, en la sesión de investidura que nunca tuvimos y ante la mirada atónica de los paletos, aparte de las declaraciones altisonantes y ese poner a Dios por testigo que nunca volveré a pasar hambre, rastreamos el miedo a terminar como Poncianito, niño portento del cine mexicano que acabó regentando un bar después de haber trabajado con el Indio Fernández; todavía peor, asoma el terror a emular la trayectoria de Macaulay Culkin. De tanto negar a un Pedro Sánchez encantado, de tanto como ha dicho no a Pablo Casado, a Rivera se le está quedando cara y alma y chasis de doctor No. Por arriba de la altanería y las palabras hueras, por debajo de los cordones sanitarios y el ladrido engreído del político al que sus enemigos, odiadores de la igualdad, tacharon de lerrouxista, asoma la negativa como programa, como forma de vida, dieta y estética, manual de instrucciones, credo. La negación, incluso, como fin. Como posmoderno agujero negro donde disolver contradicciones o ruidosa performance de indudable espectacularidad y discutible utilidad práctica. Bella igual que la arruga. Sumisa a la pretensión de imitar a otro celebérrimo doctor, el doctor Fraude, en su conquista del Himalaya monclovita mediante la invocación del no es no es no es no es no es no y etc. Recordará el lector que el Dr. No, la película de 1962, fue la primera de James Bond. La cinta, protagonizada por Sean Connery y Ursula Andress, que partía de un presupuesto enjuto, fue un pelotazo internacional. Inauguró una era, por supuesto una saga. Rivera no es Bond. Más bien acabará por recordar a Joseph Wiseman en su papel de Julius No, hijo de un severo pastor metodista bávaro y una encantadora muchacha china. A Rivera los brujos de la demoscopia le explicaron que el PP flaquea, que hay tiempo para cosechar los votos del centro izquierda, que las tensiones ocasionadas por Vox, la caída de Rajoy, las cuentas pendientes de la corrupción y la discutible gestión del 1-O habían dejado al partido líder del centro derecha en una posición vulnerable. Olió la sangre, se imaginó como el apuesto Macron liberal que arrasa al socialismo y a los populistas y se le pusieron los ojitos de muñeca muerta de Bruce, el tiburón blanco de Nemo. Del liberalismo y la política Marianne al elogio del transfuguismo y la decapitación de sus críticos, su presente es un no redondo, macizo y rotundo; su destino, incierto.

Julio Valdeón

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