En España estamos cada vez más solos los que rechazamos pactar con los portavoces de una banda criminal. Que sí, que causó un poquito más de sufrimiento del que le correspondía en el bingo de los matarifes, pero caramba, ya vale de sacar los muertos de las cunetas con fines partidistas y, uh… ¿de qué me suena esto? En España, en fin, somos incluso menos los que afirmamos que no hay ultraderecha como la supremacista de Cataluña y el País Vasco. Sólo un sectario muy depurado calificaría de fascista la preocupación por la quiebra del demos y/o la ritual consolidación de privilegios feudales. Sólo un cínico podría tachar de reaccionarios a quienes con paciencia a prueba de analfabetos e imbéciles peleamos contra los argumentos identitarios y los políticos premodernos. Cuando los mamporreros expulsan a un partido del desfile del Orgullo repiten los patrones del gorila que, fastidiado por la proliferación de opiniones que no comparte, remedia la discrepancia a guantazos. Cuando a los pocos minutos salen los amigos y embajadores del «injusto término medio» (Montalbán dixit) a explicar que el problema lo tiene el agredido, que lleva la minifalda liberal hasta el chirri, chapoteamos ya rumbo al pantanal donde reinan quienes culpan por sistema a las víctimas. Gente encantada de respetar al cafre, al violento, al que acosa, sea este un escrachador, un yihadista o un etarra. Sepan que al primero, pobre, le fastidia la existencia de opciones políticas cercanas a la Tercera España, al segundo le indignaron las caricaturas de Mahoma y al tercero, no sé, el panorama de que «en Lekeitio o en Zubieta se coma en hamburgueserías y se oiga música rock americana (…) en vez de estar contemplando los montes». No hay diferencia sustancial, moral, entre el Saramago que pedía autocensura a los dibujantes daneses con una guadaña sobre la chola y el ministro Grande-Marlaska, que exigía «alguna consecuencia en un sentido o en otro» para Ciudadanos poco antes de que la comitiva naranja recibiese una ducha de botellazos y orines. Ya sólo falta una patochada a cargo de Echenique, con galones desde que acusó a la hermana de un asesinado por ETA, Pagaza, y un filósofo con escolta durante veinte años, Savater, de «incendiar la convivencia» por dar un mitin en Rentería. Poco poco nos pasa para lo mucho que provocamos.

Julio Valdeón

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