El primer bodrio consistió en acumular sobre dos baldosas las elecciones generales, autonómicas, municipales y europeas. Si el gran problema de la política española tiene que ver con el vicio de apostar el bien común a las apetencias de los caciques locales cualquiera podía imaginar lo bien que nos iría cuando todo formase parte de un gigantesco minué de alianzas coordinadas en tiempo real. Especialmente en tiempo de renovadas pestilencias decimonónicas. Con los nacionalistas periféricos, golpistas varios y serenísimos portavoces de serial killers consagrados a tejer mosaicos de tribus confederadas. Tocaba hacer valer en Madrit las imposturas de cada cual. Cobrarse las debilidades de una mayoría insuficiente. Aprovechar el cacao ideológico de quienes desde un progresismo que tiene de tal lo que yo de estrella del Bolshoi reivindican sin sonrojarse los, ejém, consensos del catalanismo y la totalitaria inmersión lingüística al tiempo que se orquesta una campaña por tierra, mar y aire para que Ciudadanos y PP extiendan un cheque en blanco nuclear al caudillo de los gobiernos Frankenstein. Libre de condiciones, líneas rojas ni gaitas. La campaña, como cuanto proviene del actual laboratorio monclovita, huele a bosta. Todavía esperamos una solitaria idea, una triste clausula, una aterida condición o una famélica oferta a quienes supuestamente deben de pavimentar con perfumadas rosas sus próximos cuatro años de Falcon mientras la vicepresidente en funciones los tacha de ultraderechistas. Sin dejar de negociar a dos carrillos con los xenófobos de ERC, con los que ya han pactado más de 60 ayuntamientos. Sin esconder los encuentros mil con el populista Podemos, que mantiene desde el primer día la indisimulada aspiración de demoler el -pronúnciese con asco- “régimen del 78”. Tras otorgar la presidencia del parlamento navarro a Geroa Bai y meter a Bildu en la mesa y luego de acordar el gobierno regional para el PSOE a cambio de fortalecer los planes nacionalistas en Navarra. Las negociaciones con las alimañas que durante décadas fueron correa política de los asesinos, el blanqueado fetén de quienes aspiran a montar allá en el norte una hermosa Valhala de rh negativo, ha coincidido con el aniversario del atentado en Hipercor, imborrable belén de niños y adultos mutilados y ahogados y carbonizados en los bajos del super. Las charlas y bailes con Bildu, el paso de Otegi por TVE, también coincidieron con la conmemoración del asesinato del concejal del PP en Rentería Manuel Zamarreño, al que ETA desintegró con una bomba después de haber asesinado tres meses antes al concejal José Luis Caso, al que Zamarreño apenas sustituyó 43 días. A quienes haciéndose los ofendidos sostienen junto a David Foster Wallace que es deber del periodismo entrevistar a hombres repulsivos cabe preguntarles si más allá de interrogar en Prado del Rey a Himmler o Goebbels aceptarían luego su abrazo. La penúltima sandez consiste en amenazar con elecciones en noviembre. No las descarten aunque sospechen, y hacen bien, que está todo o casi todo atado. Las nalgas de Sánchez regresarán al consejo de ministros mientras Bildu y ERC son recibidos entre la grey más pura y las terminales mediáticas comienzan a vestir los términos del indulto. La izquierda mainstream aceptó los postulados de los más ultras. El PSOE actual, rehén de un PSC al que Sánchez debe su triunfo en las primarias, prefiere justificar a los vendeburras que sitúan la identidad como fundamento de la soberanía política antes que tender puentes con un centro derecha comprometido con la defensa de los valores constitucionales… Lo dijo Leonard Cohen, trucaron los dados, perdimos la guerra… That’s how it goes/ everybody knows.

Julio Valdeón

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