No conviene fiarse de Pedro Sánchez. Carece de escrúpulos. Negocia a todo trapo con Podemos, ahora te ofrezco sillas ahora las quito. Pacta 60 ayuntamientos con los supremacistas de ERC, que vienen de donde vienen, del intento de golpe de Estado. Blanquea a Bildu mientras la ciudad de Victoria amanece con nauseabundos carteles de homenaje a los asesinos del político socialista Fernando Buesa y el escolta Jorge Díez Elorza. Colabora en el programa de lebensraum para Navarra. Cuenta con, ejém, maestros del periodismo que definen como «normalidad democrática» blanquear a quienes, números cantan, en 2018 realizaron casi 200 actos de loa y gloria al terrorismo. Invita a una sabandija como Otegi a TVE para que exprese contrición en el supuesto de haber «generado más dolor a las víctimas del necesario o del que teníamos derecho a hacer». Sánchez tampoco ha ahorrado humillaciones a las más altas magistraturas, ninguneos de la Constitución y concesiones a la criminal banda catalanista que aupada a las instituciones trató de clausurar nuestros derechos. Su vicepresidenta, Carmen Calvo, cuando no pontifica contra la presunción de inocencia aprovecha para insultar al partido del que exige un cheque en blanco, Ciudadanos, que en la particular imaginería de estos días estaría cerca de confluir con el Ku Klux Klan mientras Albert Rivera compite con Jean-Bédel Bokassa y Pol Pot en el podio de grandes monstruosos. Y sin embargo, ay, todavía imagino un país valiente. Donde los constitucionalistas pactan para evitar los chantajes del conglomerado retrógrado, eurófobo, identitario, maximalista, xenófobo y utopista. Con un Rivera y un Pablo Casado que escriben, negro sobre blanco, las condiciones. Resumidas de forma magnífica por la valerosa Pepa Labrador, ciudadana de la primera hora: reforma de la ley electoral, evitar que los imputados por rebelión puedan presentarse a elecciones, recuperar competencias en educación, prisiones y seguridad, etc. Claro que a muchos de los votantes de Sánchez, felices reaccionarios, todo esto les importa una higa. Y el No es no de Rivera, sanchismo puro, rindió bien en las urnas. Pero, ¿saben?, no todo va de dar coba al cliente y bailar al ritmo de las siempre fanatizadas bases. El bien común importa y cuesta adivinar un empeño más vindicable y urgente que el de inaugurar el tiempo de la política adulta. O encendemos las luces largas y clausuramos el kindergarten o las costuras del Estado, abandonadas al capricho del trilero y secuaces, saltarán por los aires.

Julio Valdeón

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