Unos vivales de centroderecha, huérfanos tras la esclerosis de la vieja CIU, aspiran a enjuagar la pulsión suicida en Cataluña por la vía de rearmar el catalanismo conservador. El gran Nacho Cardero, en El Confidencial, ha detallado sus aspiraciones: “mejor financiación, una Hacienda propia, la potenciación del puerto y del aeropuerto de Barcelona como referentes del sur de Europa y la aprobación de una ley de lenguas que permita el reconocimiento nacional e internacional del catalán”. Dicho en corto, más pasta y más autogobierno. O sea, más madera. Dicho en largo, el enésimo intento para que nadie asuma que el nacionalismo debe combatirse, que su discurso engorda gracias al agravio permanente, a la supuesta falta en la que nos encontramos los españoles respecto a los habitantes de determinados territorios, de la inmundicia de aceptar que el padrón dicte tu cuota de derechos y privilegios, de la quiebra de la comunidad política y su sustitución por una piñata de identidades concebidas para levantar precintos, consagrar chiringuitos, distinguir entre iguales y reclamar prebendas. Para entender mejor la perversión de la criatura catalanista, que no puede ser moderada porque no hay mesura posible en el parasitismo, cabe recordar que cuanto sufrimos fue diseñado por la élite catalanista y conservadora allá por los ochenta/noventa. Con las aportaciones de un PSUC espongiforme que tuvo a bien concebir políticas tan lesivas para la convivencia, tan contrarias a los intereses y necesidades de los sectores más desfavorecidos, tan aberrantes en casi cualquier lugar del mundo, como el trágala de la inmersión lingüística. Para cerrar el ciclo virtuoso, para reventar la caja de caudales española y entronizar la compraventa de nuestros derechos sólo faltaba ya el renacimiento del catalanismo de centro derecha. Porque para mantener vivo el catalanismo de centro izquierda se basta y sobra el PSC. A falta, y ojalá no, de que Valls malvenda su reputación a cuenta del momio. Cuentan quienes saben que la Lliga Democràtica, nombre posible del mamífero, recuperará la turbia matraca federalista: un conjuro con el que repintar planes en las antípodas del federalismo realmente existente. Una ensalada confederal para tarifar los recursos en función de las comarcas. Con unos lindes que dinamitan el sujeto político, desprecian el bien común y premian a las camarillas mejor equipadas en los más cochambrosos supermercados ideológicos de un siglo que es, as usual, el de los jetas.

Julio Valdeón

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