La canción de la investidura la conocemos desde hace tiempo. Desde que el hombre apellidado Sánchez aceptó en la moción de censura los favores de quienes habían intentado dar un golpe de Estado y de otros, como Podemos, a los que apenas cinco minutos antes tachaba de populistas, «juventudes comunistas» e «izquierda extremista». En cuanto a Cataluña, opinaba en Antena 3 que «Clarísimamente ha habido un delito de rebelión». ¡Benditos y alocados días de juventud del año 2018! ¡Cuando pensaba y decía cosas que puede o no compartir en ésta su alta madurez de intratable estadista! Me dirán que no sorprende. Que los dos grandes brontosaurios del bipartidismo vivieron tan ricamente de trapichear con el nacionalismo votos por presupuestos, concesiones por sillas, renuncias legales y éticas a cambio de prebendas. Eran cómplices de unos partidos en guerra con la igualdad. De Pujol hombre del año y plusmarquista constitucional al Majestic, del bochornoso silencio ante la operación que acabó con 14.000 maestros castellanoparlantes fuera de Cataluña en los ochenta a la aberración de la inmersión lingüística, la mayoría silenciosa callaba con suave encogimiento de hombros. Los dos grandes partidos dieron por buenas las concesiones, las renuncias, la progresiva siega de derechos políticos, las agresiones a la libertad y la sustitución del Estado por otros paraestados. Basados en toda suerte de basura románticas. Que venían a rellenar las casillas que el primero abandonó por negligencia, cobardía o miedo. Pero las condiciones mejoran, digo es un decir, y el hombre apellidado Sánchez ha dado la presidencia del parlamento navarro al PNV e incluído en la operación a un tipo de Bildu. El precio para que el PSN conquiste el poder local y, previsiblemente, garantizar la abstención peneuvista y bildarra en Madrid. En un día delicioso, 32 aniversario de la matanza de Hipercor. De modo que Sánchez, qué cosas, convocó elecciones porque los secesionistas no le aprobaban las cuentas y ahora, acoplado a los números del ex ministro Montoro, que ganan batallas como el fiambre del Cid, aspira a coronarse gracias a quienes no tardarán ni un segundo en exigirle indultos y etc. Pues menuda cosa, responderán. Sabíamos de su falta de escrúpulo en cuanto aterrizó en política. La amarga novedad, que contribuye a fraguar el desasosiego de los demócratas, tiene que ver con la incapacidad de una considerable porción del electorado de izquierda para entender las dimensiones de lo que está en juego. Gente que detecta a un franquista a kilómetros, a un requeté o a un flecha, pero incapaz de superar la abrumadora memoria que legó la guerra de nuestros antepasados para atender a las trincheras donde hoy por hoy sufren y mueren las libertades. Atribuyen un pecado de origen a cualquiera que ose declararse como conservador o liberal, sospechan de sus credenciales democráticas, y sin embargo les parece estupendo aceptar la compañía de quienes firmaron el Programa 2000, pujolista consomé, emanado desde las plantas nobles de la Generalidad, que acumulaba ideas y jerga pseudonazis y ha sido el guión de la ingeniería social que vino luego. Hez protofascista que exhorta a explicar y potenciar «los ejes básicos, definitorios y positivos de nuestra personalidad colectiva», fomentar «las fiestas populares, tradiciones, costumbres y su trasfondo mítico», «concienciar a nuestro pueblo de la necesidad de tener más hijos para garantizar nuestra personalidad colectiva» e iniciar campañas de «sensibilización ciudadana para reforzar el alma social». Enfrentados a semejante estercolero ideológico, o encarados a la complicidad con los palanganeros del terrorismo, millones de españoles te responden con la Batalla del Ebro y Jarama Valley. La previsible renovación del «gobierno Frankenstein» (Rubalcaba) no puede explicarse más que desde el desnorte ideológico y la brutales carencias cívicas de los que consideran secundario o superfluo defender los principios que sustentan la democracia y que no son, oh oh oh, los hechos diferenciales, los bulbos culturales o ese delirante derecho de las lenguas a secuestrar hablantes. Sánchez recibirá el fervoroso apoyo de pirómanos y reaccionarios porque la clientela prefiere verlo sonriente junto a ellos antes de que se entienda con las otras formaciones constitucionalistas. A las que por cierto tampoco se lo pone fácil el sector más jabalí de su electorado. «Con Rivera no», gritaban en Ferraz, y el mensaje, orquestado desde dentro, resonaba en todas las terminales. «Con Marianne no», podrían haber añadido, «que es una facha». Mucho mejor, ¡más emponderado y progresista!, con Torra, Urkullu, Junqueras, Iglesias y Otegi.

Julio Valdeón

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