Los 6 minutos y 41 segundos de Manuel Valls en su toma de posesión en Barcelona son el discurso político más importante desde la defensa de la Constitución que pronunció Felipe VI en 2017. Los 6:41 de Valls son la respuesta no a lo que quisiéramos, una Barcelona donde la mayoría apueste por candidatos alineados contra el populismo, sino a la realidad de que los favoritos son un siniestro y una cantamañas. Una ciudad donde tocaba elegir. Sí o no. Blanco o negro. Decidir entre el golpismo de ERC y el tercerismo de los comunes. Entre la vía unilateral de los supremacistas en el monte o el discurso repugnante pero de momento dentro de la ley de una Colau que, eso sí, colgaba acto seguido el lacito fascista en el balcón. Quizá sea más acertado escribir que está dentro/fuera como inversión publicitaria. Por necesidades o cálculo de imagen. Aunque sin abandonarse desabrochada a la ofensiva supremacista. Que no seduce a parte de su electorado. Más interesado en ensayar la pose altermundista y cenar sushi que en botar un paraíso fiscal junto a los herederos de Pujol y los xenófobos de ERC. Y la alcaldesa activista, con toda la pose que quieran, dependerá del marcaje de Valls. Un Valls que a veces pienso que no nos merecemos. Un Valls que, como Alejandro Fernández, del PP, en Cataluña, como Manuel Saravia, de IU, en Valladolid, como Josep Borrell a pesar de todo, como Maite Pagaza y Javier Nart, como Arrimadas y Cayetana, está muy por encima del nivel medio de una clase política dividida entre trileros con vocación totalitaria (Pablo Iglesias), saldos (Soraya Rodríguez), contorsionistas (Alfonso Alonso), pirómanos y mentirosos (Zapatero), cobardes y mentirosos (Rajoy), corruptos (uf) y avispados alevines de Trump (Sánchez). Los casi siete minutos de Valls refutan a quienes no se quitan el fascismo de la boca mientras callan ante las incontables agresiones contra los derechos civiles en Cataluña, los ataques a los estudiantes no independentistas, la ocultación de los informes de la inspección educativa, la situación del castellano en las aulas, las heces en la puerta de los juzgados, las bilis regada en TV3, la escolta de Llarena, los insultos brutales contra los líderes de Ciudadanos, las calumnias contra nuestro país por el mundo, la simbología política que ensucia y viola la neutralidad de las instituciones públicas, las patrullas que desinfectan el suelo por donde pisan los demócratas… Los 6:47 de Valls son, también, la enmienda a la totalidad de quienes entre el constitucionalismo y el golpismo se hacen los puros. El discurso de Valls, que tiene (bien) vetado a Vox, es el de alguien comprometido con la libertad y con España. Y a mí no me queda sino ponerme en pie y aplaudir. Gracias.

Julio Valdeón

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