Sacaron la política de sus cauces y la escupieron al corazón de las tinieblas, como el ave rapaz que vomita la egagrópila de una ciudadanía disuelta por jugos gástricos protofascistas. Habían cumplido hasta el último trago de hez identitaria las instrucciones de uso del Programa 2000, diseñado en los despachos nobles de la Generalidad. Despreciaron las instituciones, desoyeron sus propios juramentos, trituraron el Estatuto, hicieron acopio de un censo ilegal, con las resoluciones de los juzgados fabricaron aviones de papel, proclamaron la independencia y luego, delante de los ropones, subrayaron su peterpanismo. ¿A quién puede extrañar que confundan un golpe de Estado con la mera desobediencia? En España muchos insisten en disculpar bacilos nacionalistas y jalear botijos diferenciales. Confunden con demócratas a unos catalanistas que no son sino supremacistas con rostro amable. Un país que lleva, igual que la paloma, la brújula desquiciada. Con las instituciones sometidas a una presión obscena. Semejante mar de fondo transforma en natural la estampa de unos golpistas orgullosos de haber atentado desde el poder contra el orden democrático. Sus alegatos reman en contra de sus intereses penales. Desautorizan a quienes, como el gran Melero, tratan de convencer al tribunal de que no hubo más que un trampantojo pop. ¿Y? ¿A quién le importa lo que yo haga o diga si al final del camino aguarda Estrasburgo o el prometido indulto sanchista? “Lo mejor sería devolver la cuestión al terreno de la política”, sostiene impertérrito Junqueras. Lo haría una y mil veces, viene a decir un Jordi Cuixart convencido de que ha reencarnado a Martin Luther King Jr. y de que al fondo del cadalso, más allá del camino de baldosas amarillas y el penal le espera el Nobel de la Paz. Europa no ha visto nada igual desde los años treinta. Si bien por aquello de las inercias históricas lo que entonces fue letal ahora se queda en una cosa entre siniestra y bufa. Europa, desde luego, no conoce el nivel de melaza que emplea el carlismo local para contarnos sus desvelos, ni sé si valorará como merece la sobriedad, bonhomía, inocencia, rigor, equidad, elegancia y paciencia de unos jueces que sobrevivieron a las provocaciones y, sobre todo, a la insufrible vomitona de cursilería con la que esta gente nos castigó durante meses. Nos queda Torra. Y la señora esa que no responde en español en las ruedas de prensa. Y TV3. Y Puigdemont tratando de colarse en Bruselas. Etc. Y ya no hay un Marchena para soltar un “Mire usted, vamos a ver” con el que recordarnos que no, que no estamos solos y todavía menos grillados, y que una cosa era el Adn, las banderas y el pueblo y otra el noble y necesario rule of law. El juicio nos lo recordó a diario.

Julio Valdeón

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