A Pablo Iglesias, no sabemos si resentido con el trato que le daban los puretas de IU o aburrido de tanto conspirar de salón, le vino la crisis a ver. Se le apareció una noche, vestida de cataclismo, y le prometió Moncloa. A su vera sonreía el hombre que aplaude empachado las tres comidas al día en Venezuela: Íñigo Errejón añadía chispas multicolores a los discursos populistas mientras tallaba el muñequito vudú de un enemigo exterior al que culpar de todo mal y amén. Detrás, gafas redondas y voz atiplada, peroraba un Juan Carlos Monedero segurísimo, pongamos, de que la policía española inundó en los ochenta Mondragón y Vallecas con jaco para silenciar a la juventud “más conflictiva y más peleona”. Una jeremiada, una de tantas, una de las muchas sobre las que pontifica con envidiable desparpajo, y cuya minuciosa refutación pueden encontrar si tienen ganas en un libro estupendo, ¿Nos matan con heroína? Sobre la intoxicación farmacológica como arma de Estado, de Juan Carlos Usó, que tuvo la santa paciencia de desmontar la enésima teoría conspirativa. Como no hay autores ni tampoco tiempo para hacerle la biopsia a tanta inconsistencia y/o verificar la abrumadora cantidad de placebos desplegados aquellos profesores dieron el pego durante cinco minutos. En realidad su fiesta y su credo, su evangelio dinamita y su catecismo antisistema consistían en laminar el 78, al que tachaban de franquismo actualizado, postfranquismo vintage o neofranquismo atado y bien atado. Querían solucionarnos la vida y lo harían a partir del lenguaje. Para esta gente, como para los exquisitos filósofos franceses que firman cartas en favor de Josu Urrutikoetxea, alias Josu Ternera, la democracia y España son incompatibles. Entes hostiles, antagónicos, anclados en parámetros muy superados por la historia, con los que capitalizar la desesperación. De la escombrera de la prima de riesgo, el rescate bancario y la corrupción todo lo que exprimieron fue un argumentario para derribar lo mejor que hemos tenido y tendremos. Acaudillados por Iglesias los podemitas consintieron en hacerle el caldo a los supremacistas del País Vasco, Cataluña, Galicia, Baleares, Valencia y etc. Blanqueadores del sepulcro nacionalista e insustanciales abogados de las trabas a la redistribución y la igualdad de oportunidades en nombre de las boinas, los bailes regionales y las lenguas. En eso acabó el partido morado tras sucesivas implosiones, Vistalegre va y Vistalegre viene, en las que iba desechando discursos y capas previas. Como sostienen Manuel Álvarez Tardío y Javier Redondo, coautores de Podemos. Cuando lo nuevo se hace viejo, el líder pilotó un viaje del PCE que tendríamos que haber enterrado con honores hace 40 años, gracias por todo y etc., al trampantojo de un PCE cadáver, que sirve de refugio antiaéreo para todas las esclerosis intelectuales hoy disponibles por la izquierda altermundista. E Iglesias no es lo peor. Cuando lo escuchas sabes de inmediato a quién tienes delante. Yo, por ejemplo, me reconozco con 15 años, tiene mi amor. Descubrió la Constitución durante la campaña electoral de 2019 y opina que la España actual es un vertedero necesitado de urgentes reparaciones sistémicas. Su ideal, las febles constituciones bolivarianas, las llamadas democracias populares, debería de servir como detente bala para cualquier votante que todavía aprecie las conquistas políticas y sociales ganadas desde el 78. Con semejante semejante estratega Podemos está abocado a la pura marginalidad. Ayer mismo, en los periódicos, culpaba a los líderes regionales del penúltimo batacazo electoral. Al menos tuvo la bendita honradez de reconocer el tragicómico disparate de los distintos nombres con los que su partido concurre a las urnas, sopa de letras, cacao mental. “En cada lugar que llegaba tenía que preguntar a los compañeros: ‘¿Cómo nos llamamos aquí?’, para no equivocarme en la presentación. Si esto causaba equivocación en nosotros, a la ciudadanía también”. Quién le ha visto y quién le recuerda tras aquella reunión con el rey Felipe VI en la que salió a humillar a Pedro Sánchez y se adjudicaba carteras como un adolescente frente al tablero del Monopoly. Todo su futuro pasa ahora por mendigar al presidente en funciones una garita, un despachito, y por vender ante su electorado la claudicación del sorpasso que ya no será como aplastante victoria de la razón en marcha. Iglesias, tigre de papel, resulta inofensivo para los constitucionalistas en comparación a su némesis, Errejón. Como buen prosélito de los peores dogmas prefiere mil veces sus ideas a la verdad y en el caso de confrontarlas siempre elige refugiarse entre los algodones de la fantasía. Tampoco supondría un problema si a Iglesias/Irene Montero los sustituyen Teresa Rodríguez y José María González Santos, aka Kichi: si ningún anticapitalista está en disposición de entender el mundo imaginen entonces aspirar a gobernarlo. Errejón, en cambio, invoca con solvencia las nocivas paridas de una Chantal Mouffe y llora ante la sacrosanta estampa de Evita Perón y Ernesto Kirchner. Con Iglesias disponemos de un imitador peluche de aquellos oficiales japoneses que en un atolón perdido del Pacífico aguardaban el desembarco de los marines muchos años después de que las bombas atómicas plancharan sus ciudades e Hirohito se reconociera humano. La posmodernidad devolvió a la pista del circo el identitarismo cultural y contempló con ojos indulgentes los desvaríos de las religiones. Aupado a la ola retro que sacude Occidente, mimado por unos media sedientos de novedades, consagrado en su momento por un gobierno que creyó reconocer en Podemos la carcoma para liquidar al Psoe y garantizar 100 años de ininterrumpido marianismo, Iglesias surfeó hasta casi alcanzar la playa. Todo sea que su fracaso inapelable y su larga agonía no nos devuelva a un nuevo tipo de caudillo. Un Errejón igual de reaccionario, sentimental y plasta aunque mejor equipado para explotar los estados carenciales que atraviesa la democracia representativa. El tigre de papel va gripado, pero detrás suyo asoma la plastificada sonrisa de una alt-left tan abrasiva como inquietante. Si me das elegir, como Rosalía y los Chunguitos, me quedo con Pablo… y Errejón al Psoe, neutralizado y contento.

Julio Valdeón

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