Detesto los concursos. No me interesa quién gana y me aburre la mayoría de los juegos, pero amé el Un, dos, tres de Chicho Ibáñez Serrador igual que devoraba los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente, las evoluciones de Espinete y los muñecos de la factoría Henson y los discos, sí, de Enrique y Ana. Ame a Kim Manning y a Lydia Bosch. No llegué a Kiko Ledgard, del que contemplados hoy sus vídeos comprendes al instante que trajo un viento eléctrico, una escuela de plató estadounidense, a una TVE momificada. Tampoco soy de la generación que vibraba con Don Cicuta, interpretado por el gran Valentín Tornos, capaz de sintetizar con gran fortuna las viejas lacras de un país subdesarrollado y triste, y tampoco a la breve estancia de un genio como Juan Tamariz, en calidad de delicioso secundario, pero sí a Mayra Gómez Kemp, a la que tanto quisimos, y a las Hermanas Hurtado. Cuentan que Chicho, que pudo ser nuestro Alfred Hitchcock, comprendió que los concursos de tv sólo podían ser culturales, de habilidad o de azar. Como buen visionario apostó por jugársela a la lógica, fusionó los tres y le salió uno de los programas más icónicos de todos los tiempos. Desde luego que el Un, dos, tres fue algo más que un concurso. No sé si una ecuación que descifraba España. Acaso un contenedor donde aparcar todas las obsesiones, carencias y mitos del español de entonces. Era divertido, claro, porque su director manejaba como nadie los tiempos. Tenía clarísimo que los grandes decorados, los números de ballet, las actuaciones de los humoristas, las frases de Mayka y las estocadas de las Hurtado rendían cuentas ante el único dios verdadero en cualquier relato, el ritmo, que nunca sobra y jamás es suficiente, que debes apurar y que manejaba con la disciplina de un samurai que hubiera aprendido a escribir guiones y diálogos en el regazo de Billy Wilder. Aplicó en televisión la máxima del maestro Raúl del Pozo en la columna, a saber, abrir el capote como si fuera un volcán y hacer de la faena un terremoto. Por deber y nostalgia busco algunas de las viejas emisiones. Me reconozco en la distancia de una infancia perdida. En la era de la atomización costará explicar a los niños que todo un país vibrase reunido en torno a programa, pero sucedió, y noto que me rompo un poco mientras tecleo. Y hasta aquí puedo leer, querido y admirado y Chicho.

Julio Valdeón

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