La última vez que estuve en Barcelona la resistencia a la peste amarilla mostraba tímidos signos de entusiasmo. Convencidos por vez primera los partisanos de la razón en un horizonte más estético, o menos infame, aunque sin llegar a creérselo del todo. Ayudaba la histórica victoria de Ciudadanos en las elecciones autonómicas, aunque seguían bajo el tacón plano de una dama incapaz de hilar tres frases. Célebre por sus disfraces. Por creerse hija de la revolución, cualquier revolución vale, la que sea. Por su risueña y entrañable capacidad para reclamar foco y babosear que cuanto sufres, justo eso, lo padecí yo antes. Un proyecto de Zelig parodiado por José Mota. Tampoco había remitido la presión del animal secesionista. La procesionaria incubaba nuevos desatinos mientras los constitucionalistas caminan asomados a un gulag que poco a poco pierde el descargo de lo metafórico. Pero estaba Manuel Valls. El catalán/francés, el primer ministro de Francia entre 2014 y 2016, el hijo del pintor exquisito, ministro del Interior con François Hollande, alcalde de Évry, intelectual, nieto del fundador del diario El Matí. Un adulto, sofisticado, inteligente, cultivado, que hablaba para un electorado adulto. Para una Cataluña europeísta. Cosmopolita. Socialdemócrata o liberal. Enemistada con las arañas nacionalistas. O sea, un candidato excepcional si hubiera electorado. Si restase una ciudad digna de tal nombre. Cosa que dudo. En su lugar encontró unas élites que salvo las heroicas excepciones que todos reconocemos pasarán a la historia como canallas. Traidores al país. Mercaderes de la mediocridad. Ensimismados cobardes. Vergonzantes cómplices y postores en la subasta de la ciudadanía de todos. En el hueco que habían dejado los ciudadanos de una polis orgullosa de serlo, menos interesante de lo que dimos en creer pero sí estimable, circulan partidarios del escrache, tribalistas de nariz anillada, adoradores de los churretes identitarios, xenófobos en sus múltiples variantes, anticapitalistas amamantados en familias nobles, pijos metidos a boxeadores del golpe, hermanos de expresidentes de la Generalidad que obligan a la destrucción de miles de ejemplares biográficos que desnudaban achampanados brindis en 1939 y alcaldesas que viven su patético deambular y sus desorejados discursos como un guiño permanente al odio y un involuntario homenaje al surrealismo que nos come. Valls, Manuel Valls, pudo ser ese gran político que viniera a ayudar en la hora bruja del populismo. Rodeado por la calumnia, detestado por los enanos, su fracaso sella el hundimiento de Barcelona. Vino para ser alcalde de una metrópoli y encontró un pueblo. Tú citas a Jürgen Habermas pero yo tengo el poder del pussy. Así no hay forma.

Julio Valdeón

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