Por momentos necesito frotarme los ojos. Por ejemplo al comparar el vídeo de la actuación de la Guardia Civil en los colegios electorales con las declaraciones de los testigos. Uno de ellos, policía jubilado, citado por las defensas, estuvo en el centro donde «hubo un ciudadano que tiró una silla». Tiró una silla. Pero no contra el agente. Qué va. Busquen la grabación. Un «¡Visca Catalunya!» rompe el aire. La silla vuela y el Guardia Civil cae tras recibir el impacto. No antes. No por culpa de los cristales, comos sostiene el testigo. La concurrencia aplaude. Con el agente todavía en el suelo escuchamos «¡Violencia no!». Venga de donde venga, faltaría, y we shall overcome, someday. No descarto que los amotinados crean que el policía resbaló por los vidrios y los aplausos fuesen su homenaje a los cristales. El grado de enajenación disculpa estas proezas. La ausencia de empatía para con las bestias foráneas, a menudo vecinos de sus propios pueblos, recorre las venas de cuanto padecemos. Comentada ya la ración de testigos diarios que deberían de salir con la espada de la imputación sobre el pescuezo, no bien aterrizan delante del juez y flamenquitos ellos reconocen la comisión de una manojo de presuntos delitos, llega la hora bruja, siempre temida, de los testigos moña. De los testigos que buscan espectáculo y contacto. Dispuestos a regresar a casa como los héroes que nunca fueron. Bien aleccionados para leer sus respuestas, otros hablarían de monólogos, previamente deletreadas en unos papelitos. Resueltos a contar sus tratos con las décimas de fiebre y sus yo alucino, tía, yo alucino a tope y ahora van y escuchan mi monólogo de autoayuda. A Marina Garcés, entre el confucionismo, los pregones en las fiestas de la Merced, los «jóvenes de Ripoll que tampoco estarán y sobre quienes siempre tendremos la duda de si realmente querían morir matando, como lo hicieron» y el Aula Oberta del Institut d’Humanitats, se le veía dispuesta a cascarse sus flácidas teorías sobre la realidad (virtual) y la virtud (irreal) de la desobediencia como eufemismo para el levantamiento. Le interrumpió Marchena: «usted no viene aquí para explicar al tribunal su grado de alucinación, su estado febril». Garcés puso cara de yo no entiendo nada, tronca, te juro que esto no es normal, o sea. Yo sí lo entiendo. Su desconcierto ante el reproche de los jueces. A fin de cuentas el proceso, y el desvarío nacionalista, son grados de alucinación y estados febriles.

Julio Valdeón

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