En el reparto de cartas del viejo Hollywood a Doris Day le tocaron las más convencionales. Qué le vamos a hacer. Dada la imagen de rubia amable y sensata, pizpireta y alegre. El perfil suave de la América de Dwight Eisenhower, recién superada la carnicería de la II Guerra Mundial. Como tal reinó, emperatriz de las comedias dulces, los musicales risueños, los guiones con romance desgrasado y final reconfortante, amodorrados todos por la paleta del cinemascope y las arborescentes bandas sonoras de unos estudios volcados en satisfacer la utopía consumista y banal que denunciaron, con más eficacia poética que verdad histórica, los gurús beats. También fue estrella indiscutible de la canción ligera y el pop antes del pop. Ha muerto en Carmel, California, con 97 años. Tenía 97 años y esa mala salud de acero de quienes, superados ya todos los récords de longevidad, rehechos mil veces los testamentos por desvanecimiento vital de los presuntos herederos, con varias vidas en la faltriquera y una visión panorámica del siglo, parecen eternos. Doris Mary Ann Kappelhoff había nacido en Cincinnatti, en 1922. Tuvo un hijo, con 19 años, y un puñado de maridos. Era hija de un profesor de música. Bailarina con futuro, sufrió un accidente de automóvil en 1937. Aquello determinó que probase fortuna como cantante. Con una garganta potente, armada con una perfecta capacidad de afinación, e influida por gigantes del calibre de Ella Fitzgerald, en cuyos acrobáticos melismas podía reconocerse aunque les separase el inalcanzable virtuosismo de la afroamericana, fichó por la banda de jazz dirigida por Barney Rapp. El éxito fue inmenso. Pronto compartió estudio y recitales con mitos del calibre de Bing Crosby y Les Brown. Cuesta creerlo hoy, después de que el rock and roll haya arrasado con la memoria de mucho de lo que se había facturado previamente, pero conviene no rendir culto a los mitos preconcebidos. Como cantante Day atacó un repertorio variado. Que iba de lo más átono a los guiños más sabrosos. Que deja joyas como Life is just a bowl of cherries. Puro control vocal y terciopelo irisado para un monumental baladón con ahumados pespuntes de jazz dorado. Durante dos décadas grabó discos sin cesar. Coleccionó éxitos en las lista. Ayudó a esculpir la banda sonora de un país nostálgico de tiempos más simples, encantado de dejar atrás la monstruosa pesadilla de la guerra. Pero es su carrera en el cine lo que le garantiza una indiscutida posición entre los mitos del siglo. Suyos son los bonitos largometrajes compartidos con Rock Hudson, al que tanto estimó, al que muchos años después de su muerte todavía extrañaba. Suyos también los musicales que regaron las pantallas con una colorista melaza y unos números rodados con un preciosismo que jamás estuvo enemistado con la precisión. Debutó a las órdenes de un gigante como Michael Curtiz, que le dio su primera oportunidad con Romance en alta mar. Encadenó títulos livianos y grandes taquillazos. Nunca sabremos si habría brillado en papeles de más tonelaje. La madurez, las turbulencias parapetadas por la sonrisa, que asoma en sus mejores grabaciones discográficas, nunca encontraron oportunidad para desarrollarse en la pantalla. El público, que la adoraba, que soñaba con ella como quien anhela una imagen entre angelical y casera, no le permitiría sacudirse el corsé. Tampoco fue necesario. Pocos pueden presumir de haber grabado a las órdenes de algunos de los tótems sagrados. Con Curtiz, claro, y por supuesto con Alfred Hitchcock, que la reclutó junto a James Stewart para bordarlo en El hombre que sabía demasiado. James Cagney fue uno de sus compañeros en pantalla, en la fenomenal Quiéreme o déjame, dirigida por Charles Vidor. Cary Grant, Jack Lemmon, por supuesto Hudson… la lista de actores con los que compartió su gracia, su talentazo, su azucarada capacidad para transmitir joie de vivre, se suceden hasta que a finales de los sesenta el público y el cine cambian. El hundimiento del Hollywood clásico, del star system, de aquel mundo entre fantasmagórico y lujoso, a manos de una generación dispuesta a firmar obras más duras, dejó en la estacada a quienes, como Day, simbolizaban todo lo bueno, y lo malo, y lo onvencional, y lo aburrido y tradicional, de una época que los hijos estaban dispuestos a aniquilar porque ese, y no otro, es su papel. A nosotros, nacidos mucho después, nos queda apreciar su legado sin caer en la exageración o morir entre hipérboles. No hablamos de Marlene Dietrich o Ava Gadner. No deja un legado de papeles más grandes que la vida ni arrasó a su paso con una sexualidad desencadenada. Pero hay mucho y bueno en una vida dedicada al cine y la canción, historias de otro tiempo que merecen revisitarse con algo más que cariño, unas cuantas obras maestras y un manojo de discos notables. La mujer que amaba a los animales, a la que su país quiso con la feliz complicidad de quien se enamora de una vecina buena y noble, fue más complicada e inteligente de lo que recordábamos. Acudan a su legado, regresen a las películas, busquen sus mejores canciones, y hablamos.

Julio Valdeón

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