Eran los hombres guapos, los apuestos caballeros que venían a rescatar el país del “gobierno Frankenstein”, por usar la eficaz expresión acuñada por el difunto Alfredo Pérez Rubalcaba. El primero, Pablo Casado, sobrevivió a las celadas de su propio partido y a la guerra fratricida entre las dos herederas, que se odiaban; sobre todo resistió a la indolencia del gobierno de Mariano Rajoy en Cataluña, que había consentido la gangrena tras varias décadas de ávida complicidad entre el bipartidismo y los nacionalistas. Puso en pie un discurso impecable en la comunidad más hostigada por la fiebre supremacista. Cosechó un fracaso estrepitoso gracias a las hipotecas del pasado, nunca cauterizadas, empezando por la corrupción, y a la evidencia de que a millones de españoles les importa una higa la situación de sus compatriotas en Cataluña.
Albert Rivera, símbolo durante años de la firmeza constitucionalista a la pestilencia lazinazi, decidió una tarde que tocaba reinventar Ciudadanos. Ya estuvo a punto de lograrlo en 2009. Cuando se presentó a las europeas con los eurófobos de Libertas. Ahora renunciaría al caladero del centroizquierda, aunque el partido hubiera nacido como reacción a las claudicaciones del PSC, para atacar las frágiles posiciones del centroderecha. Por el camino logró un resultado grandioso. Hito resumido en su incapacidad para superar al PP más acuciado de la historia mientras asume dócil la etiqueta derecha trifálica cocinada por el departamento de propaganda en Moncloa. De paso, al desistir del voto socialdemócrata, dificulta la aspiración de un horizonte transversal para la reivindicación de un país de libres e iguales y la denuncia de las naciones culturales. Ciudadanos, que nació para evitar que los dos grandes partidos dependieran de las muletas nacionalistas, que siempre consideró que su mejor interés era el de España, acaba así transformado en una maquinaria grouchiana. Equiparable a cualquier otra. De las de estos son mis principios y si no le gustan tengo otros. Las elecciones del 26 de mayo marcarán el combate final entre los aspirantes. A Casado le ha faltado tiempo y a Rivera le sobra por todos los poros. Cómo será de angustiosa la situación del secretario general del PP que incluso transige con las ocurrencias de sus barones suavemente folklóricos, dulcemente aldeanos, indisimuladamente Icetas. Como irá de fuerte el príncipe de Ciudadanos, cómo se verá de cerca de asaltar los cielos y olé, que su gran triunfo consiste en que el actual PSOE, que no es exactamente el PSOE, barrunta una cosecha histórica. Ciudadanos ni siquiera ganaría la batalla más decisiva, la de Barcelona, donde hace tiempo que despreció a su mejor candidato. Todo el afán de Rivera pasa ya por que le consideren jefe de la oposición. Creíamos que aspiraba a Macron y se conforma con los cacahuetes que Felipe González regalaba a Manuel Fraga. La degeneración de productos como Juego de tronos, una serie destruida por la intención de agradar en todo momento a su audiencia, puede explicarse por la proliferación de momentos solucionados mediante el recurso del Deus ex machina. Por decirlo Wikipedia, «elemento externo que resuelve una historia sin seguir su lógica interna». La degradación de las campañas políticas españolas, aniquiladas por la disposición de los partidos tradicionales de halagar a una audiencia infantilizada, destaca a la izquierda por la distancia que va del florentino Rubalcaba al burdo Sánchez. A la derecha del arco no hay como asistir al duelo agónico PP y Ciudadanos para comprender que sólo un Deus ex machina podría salvarles. Dicho sea sin ocultar que tampoco sería la primera vez que Casado remonta los peores pronósticos o que Rivera, numantino de sí mismo, vende como un suceso homérico su enésimo sorpasso interruptus

Julio Valdeón

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