La imagen del documental, Our planet, rodada en el mar de Chukchi, resulta pavorosa. Incapaces de descender, hipotecadas por sus más de 1.000 kilogramos de peso y la incapacidad para manejarse en los riscos, cientos de morsas caen por un acantilado de 80 metros. Habían trepado las rocas para escapar de la playa, masificada por la desaparición de los hielos donde descansan y la necesidad de refugiarse en tierra firme. Cuando sus compañeras regresan al océano para alimentarse las escaladoras intentan unirse. Como explica el narrador, David Attenborough, «La vista de una morsa fuera del agua es mala, pero pueden sentir a los demás abajo. A medida que tienen hambre, necesitan regresar al mar. En su desesperación por hacerlo, cientos caen desde alturas que nunca deberían haber escalado». La escena acaba con una atónita sucesión de cadáveres. Existe constancia de sucesos similares en el registro histórico, aunque nunca en proporciones tan bestiales. En opinión del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los EEUU, que reproduce la revista Atlantic, «lo más probable» es que el suceso esté relacionado con el calentamiento global. El viaje de los pinípedos hacia la muerte se superpone con la presentación de un gigantesco metaestudio de Naciones Unidas sobre la crisis de la biodiversidad a escala global. El informe, 1.500 páginas, alerta de la inminente extinción de 1 millón de especies animales. Exaspera la forma en que han sido acogidas tanto las imágenes de Netflix como el informe de la ONU. Los agoreros del apocalipsis no han perdido el tiempo y reclaman la vuelta de la humanidad a las praderas y/o a reivindican el accidente nuclear de Chernobyl como única salida posible: en los alrededores de la vieja central, abandonados por el hombre, florece la vida salvaje. Luego están nuestros entrañables negacionistas. Gente ridícula, que concibe el drama ecológico como coartada para solventar obsesiones y cuitas con los de la trinchera ideológica de enfrente y acusan al premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de abandonarse al porno ecológico. Tipos que no dudan en equiparar las advertencias de la comunidad científica con el postureo agorero de un Al Gore o las histerias ególatras de Michael Moore. Como si los cuchillos que cercan el planeta, del calentamiento global a la erradicación de las selvas tropicales, de la acidificación de los mares a las montañas de plástico que nos ahogan, pudieran descartarse porque la niña sueca Greta Thunberg nos cae mal y es insufrible. Conviene deslindar la enojosa evidencia fáctica de la muerte de los corales, la desaparición de los leones, los rinocerontes, los gorilas de montaña y los tiburones oceánicos, el eclipse masivo de los insectos, las depresiones de deshielo regresivas en el permafrost, la letal propagación del Batrachochytrium dendrobatidis, el hongo que extermina a las ranas y saltó los continentes gracias al comercio global, conviene separarla de la poca o mucha grima que despierten sus infamantes portavoces, que tratan al personal de idiota. Porque es posible que el cantante sea un memo integral, pero su estolidez, sus hipérboles, sus histerias, no invalidan la excelencia de las canciones. Con el agravante de que hablamos de verdades científicas, no poéticas o sentimentales, y que está en juego nuestra supervivencia.

Julio Valdeón

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