Carece de sentido seguir planteándose si en España compiten los peones rojos y los azules, los neocom y los socialdemócratas, la derecha tradicional y la izquierda fetén. Lo que mañana votamos, lo que está en juego, es la obstinada voluntad de vivir juntos los distintos. El empeño por mantener vivo el mejor experimento político de nuestra historia. Una aventura que nace con la Transición. Que nos ha situado en los puestos de honor de todos los ránkings internacionales que tasan la calidad democrática de los países. Lloriquear por las fallas del sistema, señalar sus insuficiencias y, amparados en esas y otras magulladuras inevitables, apostar por las opciones no constitucionales, no es propio de agudos fiscalizadores de la realidad sino, más bien, de gentes como un bajísimo interés por los derechos civiles. Los suyos y los de sus vecinos. La alerta que plantea el nacionalismo, que en 2017 operó un ataque contra la democracia inédito en la Europa posterior a la II Guerra Mundial, no puede resolverse mediante la invocación del mítico bálsamo de fierabrás del tercerismo. El intento de dinamitar el país, saquear el 20% del PIB y convertir a sus conciudadanos en extranjeros no admite una respuesta tan psicótica como la de la ministra que suplica no «imponer» la Constitución a quienes no les gusta. Pero tampoco sirve si los ciudadanos reaccionan votando una formación de signo contrario pero también xenófoba y nacionalista. Igual que la réplica a la bestial crisis económica de 2008 no podía basarse en los discursos líquidos, peronismo de saldo, de un Podemos cuyos líderes supremos han pasado los últimos años dedicados a enlodar la arena política, demoler el, uh, régimen del 78, denunciar a la casta, denunciar el franquismo latente y blablablá. Vox y Podemos nacen propulsados por las turbulencias. El populismo florece en la tormenta. Igual que el nacionalismo hunde sus raíces podridas en el afán por violentar comunidades y separar a la gente con alambradas. Sólo faltaba que a la pretensión golpista, a la persecución del disidente en Cataluña, a la proliferación de la peste que cifra en el ADN sentimental la convalidación de la ciudadanía, a las soluciones de Reader´s Digest rojo de los politólogos de Galapagar, contrapongamos un antieuropeísmo lepenista. Un anticosmopolitismo como de casino provinciano. Una xenofobia impresentable contra el inmigrante. Un asco muy recalentado de ocurrencias testiculares. Queda la desgracia del PSOE. Empeñado en blanquear el relato nacionalista. Encantado con el auge de quienes vienen a darle hecho el hasta hace diez minutos momificado lema del No pasarán. Bonito panorama, patrullado por radicales y necios, para quienes creemos que los partidos constitucionales deberían de ponerse de acuerdo. Por lo demás y parafraseando a la maravillosa Rosa Díez preguntémonos quién comparte el ideario de la defensa de la Constitución y de la democracia, de las reglas del juego. Ese es el único lugar posible, la única trinchera decente donde situarse. Los héroes de las fábulas tomaban atajos para rescatar a sus pueblos. Pero la salvaguarda de las libertades no admite fullerías.
