Veréis prodigios estos días. En el Supremo un tipo con pinta de ex paracaidista con problemas denunció la crueldad de las tropas franquistas en la cuenca minera asturiana circa 1937. O quizá reprobó la monstruosidad del estalinismo en Ucrania. O acaso las bestialidades del castrismo en los campos de reeducación política y tratamiento de la homosexualidad. A lo mejor, refiriéndose a Vox, dijo algo así como que respondía por «imperativo moral» y denunciaba «la crueldad, ruin y mezquina, de cualquier tipo de fascismo». No me aclaro. De los campeones de la lucha antifascista en tiempos de democracia, de los mismos valientes que callaban como todos sabemos cuando ETA fumigaba a los enemigos del pueblo, o sea, cuando los racistas del hola fondo norte quemaban librerías, aterrorizaban a profesores y periodistas, reventaban cráneos y volaban coches, hipermercados, casas cuartel, comisarías y etc., puedes esperarte cualquier enfática chorrada, cualquier pose, cualquier soflama, por payasa que sea siempre que el compromiso, la nuca para entendernos, lo pongan otros. Un ex diputado de la CUP, David Fernández, razona que los Mossos, el 1 de octubre, no pegaron un sello ni hicieron otra cosa que cooperar con el golpe porque habían abandonado un modelo digamos, hum, coercitivo, un estilo, veamos, brusco, por otro mucho más tolerante. Entiéndanme. Los Mossos de Plaza Catalunya. Los Mossos que acribillaron a los posibles autores del atentado en las Ramblas. Los Mossos, sí, por obra y gracia de una Generalidad algodonosa y tutti frutti flotaban por las calles de la algarada como azucarados peluches multicolores. Cada uno cumplía con un papel. Carles Puigdemont disimulaba su incapacidad mental/verbal mediante unos discursos tan alambicados que parecía incapaz de respirar a menos de un metro del teleprompter. Oriol Junqueras enfatizaba su vena mesiánica y hacía el ridículo más bochornoso frente a Josep Borrell cuando Borrell era Borrell y no el hombre al que amortizaron como soldado raso rumbo a Bruselas para hacer sitio a una medianía del calibre de Meritxell Batet. En esa tragicomedia a los independentistas digamos de contenedor socarrado y escrache en las aulas, a los gorilas aficionados a pintarrajear las sedes de los partidos, a los matones que hacen patria a base de acumular heces en las puertas de los juzgados, a los guardianes de la ortodoxia revolucionaria y a los centuriones que persiguen jueces díscolos, abuchean vecinos constitucionales, promueven el acoso de los agentes de la policía e insultan a los comerciantes que no se someten a la dictadura del puto lazo ictérico les toca también ejercitar unos papeles de agradable vis cómica. Ejemplarizada por Fernández y por otro colega suyo, Albert Boada, de la CUP, que había acudido al juicio con una camiseta en la que podía leerse Llibertat presos politics debajo de otra digamos normal. Leo en algún sitio que la formación cuyos ideólogos consideran que 1936 fue el tiempo pleno, el tiempo de las perdices, felices, el tiempo de los muertos no muertos y los cielos extasiados y el paraíso sobrevenido en las Ramblas denuncia que su compadre fue expulsado por los jueces. No les basta con hacer de Jaimitos. Encima tienes que aplaudirles.

Julio Valdeón

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