El problema esencial del primer debate fue el del formato. La pretendida agilidad, las pildoritas de uno o dos minutos, las malditas tarimas y la imposibilidad de explayarse cumplen con el objetivo esencial de evitar que los candidatos se vean obligados a explicarse y polemizar en serio. De ahí la importancia de los gráficos, las fotografías enmarcadas y el resto de pictogramas. De ahí, también, que la batuta recaiga en gente como Iván Redondo. Tipos que dirigen los laboratorios, orientan los eslogans y jibarizan la política para reducirla a un póster bonsai. El enigma del segundo programa pasaba por averiguar si España, con la cuestión nacional en juego, resistía por duplicado la banalidad de un debate castrado. Vaya en honor de los presentadores que la batería de preguntas/respuestas apretó las clavijas a los aspirantes y estos, más exprimidos, tuvieron que esforzarse. Claro que a veces confundimos la exigencia necesaria con la descortesía y el postureo más o menos agrio. Hubo oportunidades para polemizar sobre el paro, discutir de contrataciones, minutos para los pactos, juego de tronos y etc. Todo respiraba un aire urgente, porque son asuntos importantes, y al mismo tiempo fraudulento, como de cartón piedra, ante la evidencia de que este país sufrió hace un año y medio un asalto a la democracia liderado por una presunta banda criminal conformada por parte de sus gobernantes, y que nada, del salario mínimo interprofesional a la sostenibilidad del sistema público de pensiones, podrá sostenerse si rompemos el tablero, liquidamos la seguridad jurídica, quebramos la soberanía nacional y rompemos la comunidad de los distintos empeñados en vivir juntos. En Cataluña, ahora mismo, hay profesores, como el gran Francisco Oya, presidente de la Asociación de Profesores por el Bilingüismo, miembro del Foro de Profesores, docente del instituto Joan Boscà de Barcelona, sancionado por el Consorcio de Educación, en el que participan la Generalidad y el Ayuntamiento, por «incumplimientos en su actividad docente». O sea, inhabilitado y suspendido de empleo y sueldo por explicar a sus alumnos, entre otras cosas, el origen inequivocamente racista de buena parte de catalanismo incensado en unos manuales infumables. Castigado al gulag por cumplir con sus obligaciones como docente de Historia y ciudadano en un ámbito educativo envenenado hasta la náusea por la manipulación ideológica. Daba un poquito de vergüenza ajena cuando Pedro Sánchez y Albert Rivera se intercambiaron libros y tesis. El primero sigue sin superar la propensión a introducir cada argumento con una consigna pasteurizada y a rebatir a sus oponentes con risotadas de campana hueca. En sus pupilas brilla el fuego carnívoro de un rey loco, convencido de merecerlo todo. El segundo parecía crecido en su condición de muñeco diabólico que no deja hablar a nadie. Con todo Rivera viene de donde viene, de dar la batalla en un parlamento autonómico tóxico. Con casi toda la bancada hipotecada al nacionalismo. Se le notan los kilómetros, las cicatrices y los reflejos, endurecidos en las peores condiciones posibles. Pero va de más a menos y entra en la recta final enajenado de tics. Pablo Casado reaccionó, evitó sonreír sin ton ni son y aceptó el cuerpo a cuerpo. Fue mucho más el Casado del parlamento y menos el del lunes, al que alguien debió de convencer que necesitaba proyectar una imagen narcotizada. Pablo Iglesias insistió en su condición de ministrable, aunque evitó reeler una Constitución que ayer no más insistía en demoler. Resta añadir que en cuatro días los españoles acudiremos a las urnas para jugarnos la demolición de lo mejor que hemos logrado en 500 años de historia. Ojalá estos debates, chulescos e infantiles, hayan servido como cortafuegos ante los enemigos de la nación de los libres e iguales. No lo tengo tan claro.
