Las cautelas del juez Marchena provocan grandes murmullos. Son legendarios sus miramientos con las defensas. Les permite todo el postureo imaginable y luego lo sazona con un par de cortes memorables. Ayer sin ir más lejos les conminó a que no pregunten de «lo que consideran ya acreditado». «De lo que se trata es preguntarle al agente qué es lo que vio». Su reprimenda no ha impedido que las defensas transformen un proceso donde se juzga a unas personas por intentar «la ruptura violenta del orden constitucional con el propósito de derogar la Constitución y obtener la independencia de una parte del territorio nacional» (Javier Zaragoza y Fidel Cadena dixit) en otro donde supuestamente cuestionamos el desempeño de los antidisturbios. Si será escandaloso que Consuelo Madrigal despertó del letargo: «que no se juzga a la Policía y hay preguntas que parecen que estamos en un juicio contra a la actuación policial en cumplimiento de órdenes judiciales». Para entender el calado de su queja, para contextualizar el hartazgo que provocan las excesivas componendas del tribunal, baste decir que el garbo dialéctico de la fiscal no alcanza para hacer paralelismos con la agilidad del leopardo de las nieves o el fulminante picado del halcón peregrino. Como me comentó el abogado y escritor Alejandro Molina (háganse un favor y busquen sus formidables análisis: de lo mejorcito ahora mismo en la prensa nacional), las defensas pretenden que «la actuación policial sea el objeto mediático del procedimiento, y Marchena se lo está permitiendo al no declarar directamente impertinentes el 99 % de las preguntas, que van sobre proporcionalidad de la actuación policial el 1-O». Yo mismo, que soy analfabeto en cuestiones procesales, aunque tengo mi gracia, sospecho que todo viene del miedo cerval que provocan la deslealtad y el morro con el que trataron a España los togados integrantes de la chirigota sita en Schleswig-Holstein. Donde unos graciosísimos jueces locales entraron en el contenido mollar de Euoorden y hasta compararon un intento de golpe de Estado con la toma de una pista de aterrizaje de un aeropuerto. O la pasmosa extralimitación de la Cámara del Consejo de Bruselas. Que en atención a su bien ganada reputación de Estado gamberro y santuario de criminales se negó a entregar a los prófugos de la justicia con la excusa alucinógena de que la orden firmada por el juez Pablo Llarena no coincidía al 100% con la de la Audiencia Nacional. A lo mejor ganábamos todos si dejamos de soñar con Estrasburgo. Si total. Si harán lo que se les ponga en la sacrosanta toga.

Julio Valdeón

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