La historia de la peor política española es la de dos cuerpos estelares, rojos y azules, que orbitaban alrededor de un centro de odio. Al crecer el tamaño de cualquiera de los dos su masa invadía el territorio del gemelo, alimentado con pequeñas transferencias de sí mismo. Quiere decirse que los protagonistas del guerracivilismo florecen y engordan mediante las cesiones en carne y sangre de un archienemigo al que necesitan como el aire que exigimos trece veces por minuto. La pasión por el discurso fratricida, que imposibilitaba habilitar un espacio apto para el diálogo, parecía superada gracias a la Constitución de 1978. Sufrimos los embates nacionalistas, claro, enquistados allá donde la clase política local ha insistido en sustituir los paradigmas liberales por farfulla romántica, pero mal que bien seguimos adelante y hasta encontramos tiempo para consolidarnos como una democracia universalmente admirada. Hoy que Podemos huele a cadáver, desangrado entre los frentes de liberación de Judea y la impostura intelectual de sus cabecillas, los nacionalistas catalanes y vascos son ya supremacistas sin afeites -siempre lo fueron, pero es que ya ni disimulan-, mientras que el PSOE de Sánchez parece aliña el discurso con el combustible fósil del viejo guerracivilismo. Para cuadrarlo solo necesita de las supremas estampas de un partido Vox empeñado en que arrase. Si no me creen escuchen las apelaciones de Santiago Abascal al sentimiento rojigualdo. En cambio las agresiones a militantes de Vox por parte de la izquierda nacionalista (oxímoron) preocupan bastante menos. El nuevo PSOE tampoco parece sensible a los escraches contra los candidatos de partidos constitucionalistas. El miserable tuit del diputado del PSC, José Zaragoza, publicado y borrado horas después del ataque sufrido en la UAB por Cayetana Álvarez de Toledo, a la que acusó de ser «la derecha más reaccionaria, la derecha de Aznar, la derecha de la venganza, la derecha del radicalismo. Es la derecha que viene a competir con Vox». ¿La equidistancia era esto? Un discurso de amianto, o sea, incombustible a la vergüenza ajena y venenoso.

Julio Valdeón

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