Caen los testimonios de comisarios, policías de antidisturbios, investigadores. Confirman una y otra y otra vez más las estrofas de una jornada terrible. Varios millones salieron a las calles dispuestos a hacer gárgaras con las leyes. Votaron, vaya que votaron. A pesar de todo y todos. Cantaban canciones Heidi. Hacían lo imposible para que los agentes protagonizase las portadas de la prensa extranjera vestidos de grises como su camisita filofacha y su canesú nacionalcatólico, imperialista de Isabel y Fernando, tanto monta monta tanto, y pilarista de Primo de Rivera y sección femenina. Las proclamaciones en favor de la democracia popular y los gritos de votaremos surfeaban la espuma del día desde un acuífero de odio muy subvencionado. Ayudaba la ambigua disposición de los Mossos. Efusiva para con las formaciones de amotinados. Insolidaria, cuando no delictiva, respecto a sus colegas de la Seguridad del Estado. Las descripciones de unos y otros generan la simpática incoherencia de que el 1-0 la gente en los colegios rebosaba amabilidad pero, uh, desoyó cantidad lo que dijesen aquellos pelmas con uniforme y sus dichosos papelitos matasellados en la Audiencia. Uno de esas notas, por cierto, llegó a ojos de Andreu. Guitarrista, activista, césar del rock, abogado. Desconozco el orden. Lo comentamos ayer, con Melero ojiplático. Lo recuperamos hoy, cuando un nuevo agente abundó que Andreu «se dirige a nosotros y hace valer su condición de letrado. Se le deja leer el auto. Era una situación incómoda porque tenemos la obligación de hacerlo con la mayor rapidez posible, pero por otro lado también tengo la obligación de hacer saber en base a qué fundamento jurídico estoy interviniendo». El héroe de las seis cuerdas necesitó un buen rato. Una vez que hubo leído y releído la parte contratante de la primera parte, y ante la imposibilidad de entregarse al vicio y recitar la parte contratante de la segunda parte, pues los policías llevaban prisa, tenemos otros doscientos colegios que intervenir y un binomio de Mossos en labores de pasmarotes, maniquís o mimos a la puerta de cada uno, el señor letrado «permanece de pie y se dirige a uno de los funcionarios de la unidad de intervención. Yo digo que ese señor ya tiene todas las explicaciones pertinentes y no pinta nada aquí, no hace nada aquí. Con lo cual se le retiró». El clima popular de verbena con algodón de azúcar y farolitos y la supuesta improvisación, los globos, los coros de excursión y lalalá casan mal con los discursos previos de unos acusados que parecían residir mentalmente en la Alabama de 1963. Sin percatarse de que son el George Wallace de esta historia. Los trinos risueños palidecen ante la estampa de unos abogados divididos entre la toga y las barricadas por el triunfo de la confederación.

Julio Valdeón

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