Cuentan libros y wikis que el primer debate de la historia de EEUU entre candidatos fue en 1858. Cuando un joven abogado llamado Abraham Lincoln y su rival demócrata, Stephen A. Douglas, aka el Pequeño Gigante, compitieron por el Senado. Habló el primero una hora, respondió su adversario con un discurso de hora y media y cerró el otro durante media hora extra. Igualito a la tiranía impuesta por el share, enroscada a los biorritmos de la audiencia mientras los aspirantes ensayan durante semanas para condensar un programa en grageas de 15 segundos. Desde la consagración de Lincoln y hasta los debates previstos para 2020 encontramos momentos tan Hollywood como el de un recocido, ojeroso y sudado Richard Nixon bajo los focos y un John Fitzgerald Kennedy listo para inaugurar Camelot. Lo de menos fue que el vicepresidente republicano arrasara al demócrata pop con su dominio de la geopolítica. El guapo irlandés daba mejor ante las cámaras. Para colmo no tuvo problemas en dejarse maquillar. Quienes asistieron al debate en el estudio, y quienes lo escucharon en la radio, dieron por ganador a Nixon. En televisión triunfó Kennedy. Su victoria marca el ascenso del nuevo electrodoméstico. Donde como observó Norman Mailer despu’es de ser barrido por Truman Capote, brillan más la frase aguda y la réplica automática que la digresión macerada y el análisis. De ahí que sirva bien los intereses de algunos de los peores embaucadores, que cifran su discurso a la pura superficialidad con la disculpa de que el público, que es bobo y tiene la retentiva de un chimpancé adolescente, cambiaría inmediatamente de canal. Y eso que en estos años hemos asistido a encuentros fascinantes. Empezando por los combates dialécticos de Barack Obama, elegante y lustroso como un dios griego, frente al héroe de guerra John McCain. Hubo masacres, como las perpetradas por el senatorial Joe Biden con la ex gobernadora de Alaska, Sarah Palin. Por supuesto muermos: Hillary Clinton nunca logró sacudirse el aura maquinal, los gestos de empollona y la parla robotizada de quien llevaba entrenando desde niña para ser presidente. La única emoción que generaba era el terror absoluto de considerar que perdiese a manos de su competidor. Nosotros, que importamos de EEUU la cocacola, la fascinación por el coche y las películas de vaqueros, y que no compramos ni el cuelgue por las pistolas ni su espinosa relación con el sexo, ya podríamos adquirir su atención por res publica, su trato religioso con los impuestos (recuerden lo sucedido con Al Capone) y la explosiva belleza de unas campañas políticas previamente sazonadas por las primarias, que dejan a los partidos con las venas abiertas al tiempo que el aparato vela para que no haya topos. A quienes desprecian la endogamia partidista y el negociado de las élites conviene recordarles lo que sucede con los outsiders puros y otros pirómanos disfrazados de hombre carismático. De Ross Perot a Donald Trump el sistema ha permitido varias veces la insurgencia de los demagogos y el imperio de los bribones populistas. En España parecíamos vacunados. Gente así sólo llegaba a alcalde de Marbella o presidente de la Generalidad. Hasta que Pedro Sánchez demostró que puestos a copiar a los gringos nadie como nosotros para redoblar sus vicios sin aprender de sus virtudes. No estaría mal, al menos, impulsar unos debates televisados a la altura de los que allí se estilan. Ojalá que frente al filibustero del no es no estuviera Cayetana Álvarez de Toledo. Así, y en justa compensación, el peor presidente de la historia de la democracia tendría delante a una rival formidable. La aparición política más estimulante e ilustrada en siglos. Una oradora que trata al público con el respeto que casi nadie regala y hace de sus antagonistas la banda del chupete. Busquen el espectacular debate de La Vanguardia. Solo Arrimadas, y de milagro, sobrevivió al tsunami CAT.

Julio Valdeón

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