A los ciudadanos en Cataluña hace tiempo que les insisten en los tópicos de una España desmadejada y retro. Entre los protagonistas del formidable despliegue de títeres sobresalen los agentes de la Guardia Civil. Acharolados fantoches de una pesadilla lorquiana pasados por el turmix del teatro de variedades. Cuál no sería el shock cuando el coronel de Pérez de los Cobos, coordinador del dispositivo de seguridad para evitar maiobras ilícitas, dinamitó el escenario haciendo gala de una memoria, una capacidad argumentativa y un coraje poco frecuentes. También desconocido, para qué mentir, mientras declaraban durante los días previos unos mandos políticos que ni saben ni recuerdan y que, en el peor de los casos, daban la impresión de ignorar con olímpico pasotismo la entraña antidemocrática de la insurrección en marcha y las intenciones de sus hacedores. Como quiera que el festival de mandobles no acabó el martes, De los Cobos siguió ayer miércoles. Un espectáculo. Una demolición multiplicada por el curioso afán de las defensas en suicidarse. Para ejemplo el instante supremo en que el abogado de Junqueras, Andreu Van Den Eynde, le insiste al coronel que había afirmado en sede judicial, mientras relataba a la juez sus reuniones con Puigdemont las vísperas del 1 de octubre, que el mantenimiento del orden estaba por encima de la convivencia ciudadana. Fue épico cuando a petición del leguleyo se reprodujo el audio. Con la nitidez de un misil a punto de estamparse escuchamos a De los Cobos: «Ellos decían que ese día, hablaron de dos millones de personas, que ese día iba a haber muchísima gente en la calle y él (Puigdemont) utilizaba el argumento de la convivencia ciudadana diciendo que, llegó a decir que la convivencia ciudadana era el bien superior y que nada podía alterarla y que por lo tanto cualquier actuación policial podía suponer una alteración de la convivencia, cosa que no podíamos consentir, y que él como presidente de la Generalitat era el primer encargado de evitarlo. Le tuvimos que decir que el cumplimiento de la ley estaba por encima…». Suficiente, zanjó Marchena. Sí, por favor, sí, suficiente, repetimos todos mientras con suerte desigual buscábamos la cara por el suelo, planchada de vergüencita ajena a causa de un abogado capaz de ahorcar con sus exhibiciones al mismísimo Mohandas Karamchand, aka Oriol. Añadan lo que el propio De los Cobos, jaleado por el insensato, había subrayado minutos antes: «En un Estado de Derecho es imposible la convivencia ciudadana sin el respeto a la ley». Entenderán mejor de dónde proceden los litros de saliva que vienen tragando en las últimas horas los enérgicos partidarios de absolver la pasada semana, no bien concluyeron las declaraciones de los acusados. Aquello era ya sadismo y encarnizamiento rematado con el testimonio de Monserrat del Toro, secretaria judicial durante el registro de la consejería de Economía. «Tuve preocupación todo el día», dijo, y «miedo tuve a partir de las nueve y media de la noche, cuando vi lo que había fuera». La letrada del juzgado número 13 abandonó el edificio por la azotea después de negociar durante horas su rescate como si en lugar de una funcionaria de la Administración de Justicia que cumplía el mandato de un juez fuera rehén en el atraco de una sucursal bancaria. Mientras miles de personas insistían que de allí no se iba nadie y los Jordis negociaban con el teniente de la Guardia Civil. Supuestamente querían que saliera a través de un pasillo humano. Sin más parapeto que su bolso y los papeles que hubiera podido reunir. Lo hizo de madrugada, aterrada y exhausta. Pagó un precio. «Aguanté tres o cuatro días en mi puesto de trabajo en lo que buenamente pude y al lunes siguiente mi salud quebró y pagué la tensión acumulada», explicó. La funcionaria que en cumplimiento del deber fue acosada por la turbamulta declaró ayer sin que las cámaras difundieran su imagen. El ínclito señor Van Den Eynde no estaba de acuerdo y protestó. A los pocos minutos de empezar a declarar la fotografía de la letrada ya circulaba en cuentas de redes sociales, acompañada de toda clase de amenazas. Es la crónica de una infamia. Contradice las parábolas de una rebelión no violenta que solo existe en las ensoñaciones del agitprop procesista.

Julio Valdeón

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