Fue azote del nacionalismo hegemónico, hasta entonces única forma de vida posible en los territorios bajo la zarpa del catecismo identitario. Arrancó su carrera con una fotografía icónica. Desnudo como el joven afeitado de todas las adherencias que pudren desde hace años el teatro de la política. Albert Rivera, perseguido por los xenófobos, odiado por los escribas sentados del tercerismo, puede vanagloriarse de una trayectoria enemistada con la de los cachorros amamantados por las juventudes de los partidos. Entre otras cosas porque cuando llegó no había más que pujolismo a derecha e izquierda, con Maragall en el mullido papel de traidor a todas las causas de una socialdemocracia comprometida con la igualdad. Con Maragall, en fin, entregado a la labor de zapa de un PSC que sirve como expendedor automático de virtudes morales para unas élites nacionalistas de las que el catalanismo progre puede considerarse miembro de pleno derecho. Iñaki Ellakuria y José María Albert de Paco, autores del formidable Alternativa naranja: Ciudadanos a la conquista de España (Debate), han explicado en alguna ocasión que el otrora abogado de la Caixa tiene un perfil distinto al de los fundadores del partido. Intelectuales en el sentido más acrisolado frente al pragmatismo líquido y las mañas felinas del hombre de acción. A fin de cuentas los líderes políticos no requieren de las mismas cualidades y virtudes que un filósofo, un novelista, un columnista o un filólogo. Aunque tampoco hace daño que el político sea receptivo a sus indagaciones, propuestas y análisis. Como Aznar, sobrevivió cuando muchos lo creían amortizado y no permitió que lo acribillasen las burlas. Saben con Shakespeare que de los vituperios al halago solo separa el capricho del triunfo y aprendieron de Cela que el que resiste gana. Según sus detractores le pierde el cesarismo y esa vanidad propia de un príncipe que escaló contracorriente. Nadie debería de discutirle el mérito de haber resistido en el parlamento regional, más acosado que los últimos de Henry Fonda en Fort Apache mientras el KKK vandaliza el comercio de sus padres y desinfecta los auditorios y plazas que había pisado. Aguantó sin apearse de la cordialidad ni caer doblado al suelo de risa o negra pena cuando disparaban a quemarropa las terminales mediáticas de editorial único. Hay que tener las convicciones a prueba de bombas para no entregar la cuchara después de quince años de acoso ininterrumpido, con los cazadores más avezados detrás tuyo y en un lugar que sólo concibe una forma de estar en el mundo. Entre sus baldones más singulares figura la alianza con la basura de Libertas en 2009, que provocó una justificada hemorragia en el partido y quién sabe si no estuvo a punto de dinamitarlo. En 2018 Ciudadanos barrió la etiqueta socialdemócrata del programa por más que varias de sus propuestas sociales puedan adscribirse sin problema al viejo género. Antes, con Inés Arrimadas al frente de las operaciones, había liderado Ciudadanos para alcanzar la victoria más resonante contra el nacionalismo en Cataluña. Un triunfo apoteósico… y parcialmente estéril, toda vez que la ganadora de las elecciones renunció a una votación de investidura clave para exhibir músculo. La manifestación en Colón, que Iván Redondo ha aprovechado para llevarlo a la corrala de la derecha trifálica (Dolores Marlaska es maricón Delgado dixit), tampoco parece uno de sus grandes logros estratégicos. Ni la negativa a pactar con el PSOE tras las elecciones del 28 de abril. Como si no lo hubiera hecho antes, con el PSOE y con el PP. Como si en el ADN fundacional del partido no destaque el afán regeneracionista, enemistado con unos rótulos que aspiraba a deglutir sin disimulo. O como si fuera imposible que Pedro Sánchez, el peor presidente de la historia democrática de España, sin más escrúpulos que los que cabe atribuir a un Silvio Berlusconi, sin otro legado que la entrega al capricho de la xenofobia y el desmantelamiento de la soberanía nacional, no acabe cocido en sus propias trolas y desahuciado por los votantes. La democracia española, acuciada por el jaque combinado de los identitarios periféricos y el populismo podémicamente armado, se beneficiaría sobremanera si Rivera tejiera una alianza con los partidos constitucionalistas. Pero las necesidades instrumentales encajan mal con políticas de luces largas, volcadas al interés general antes que a los réditos momentáneos de alabar el narcisismo del votante. Y temo encontrar a Rivera en la infumable manifestación del 8-M. En realidad un cierre patronal y gubernativo que predica una sociedad poscapitalista y horticultora a juego con un feminismo posmoderno empeñado en liquidar sus mejores fines mediante la invocación de argumentos indefendibles. Para recuperar el ánimo bastaría con chapotear unos minutos en los infundios que le dedican sus odiadores, para quienes la democracia cristiana y el conservadurismo con transfusiones socialdemócratas, el PP, y el liberalismo progresista, Ciudadanos, no digamos ya la quimera de una izquierda no nacionalista, son engendros postfranquistas dignos de cenar napalm. A Rivera los paparazzi lo relacionan con la cantante melódica, los cromañones podémicos lo tachan de marioneta en manos de la casta y un puñado de antiguos correligionarios lamentan los bandazos ideológicos y las razzias internas. La criatura imberbe de 2005 es ya un profesional con cicatrices, compendio de muchas de las fortalezas e insuficiencias de la política contemporánea. Este es su tiempo y su tiempo está contado. O toca púrpura en el corto/medio plazo o el huracán Inés se lo merienda.

Julio Valdeón

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