Pablo Casado quiere que el español sea lengua vehicular en las escuelas y la administración pública de toda España. Bien está. Aunque llegue medio siglo tarde. Y asombra que alguien proteste mientras concede a las lenguas unos hipotéticos derechos. Hablo de gente razonable. Encantada con la idea de que los gobiernos locales achiquen bajo el palio de la inmersión lingüística los horizontes culturales y profesionales de los ciudadanos. ¡Cuando las lenguas minoritarias lo son incluso en sus respectivas comunidades! Por no recitar ahora los efectos negativos de la inmersión lingüística en los alumnos que tienen el castellano como lengua materna. Dolorosamente expuestos en un reciente y demoledor estudio de los profesores de la Universidad de Barcelona Jorge Calero y Álvaro Choi. Tres citas: «El alumnado en cuyos hogares se habla castellano obtiene 10,85 puntos menos en la evaluación de la competencia de ciencias que los alumnos de hogares donde se habla catalán, a igualdad del resto de variables. Este mismo resultado es de 10,30 puntos menos en el caso de la competencia de lectura». «La tan reiterada identificación de la inmersión lingüística en Cataluña como una “política de éxito” tiene, por consiguiente, un componente que trasciende los objetivos de calidad del sistema para situarse en otros de índole política, ideológica o identitaria». Existe un «problema de equidad, que genera “perdedores” de la política de inmersión lingüística en Cataluña». Y la izquierda a uvas. O peor. Entregada a promover la ingeniería social en detrimento de la igualdad de oportunidades y, digámoslo rápido, pasando cantidad de los derechos de los sectores más desfavorecidos. Busquen y, si disfrutan de una suerte fenomenal, encuentren países donde sea imposible cursar la educación primaria y secundaria en la lengua oficial de todo el Estado. O donde la posibilidad del bilingüismo en condiciones de igualdad sea considerado directamente fascista. Ni siquiera pido democracias convencionales. Vale con una republica bolivariana. Una estación espacial. Una extensión de selva aproximadamente virgen. O un islote de los Mares del Sur. Por usar el neologismo del catatónico escriba anglosajón, bienvenidos a Francoland. Siempre que en cuestión de lenguas sustituyan las rencorosas políticas del régimen franquista por su versión especular hasta el bárbaro detalle. Pero qué importarán los derechos de todos si podemos cobrar en las cabelleras de los infantes actuales algunas de las injusticias del siglo XX. Machacar al niño y compensar al muerto. Lo llaman progresismo. Qué morro tienen.

Julio Valdeón

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