Lo que resta del PSOE perfecciona bajo la fusta sanchista vistosas contorsiones sadomaso. Llegan tarde los barones, que durante meses asumieron que el hoy presidente ignorase las líneas rojas que ellos mismos habían pintado. Antes de que ensayaran pucheros a cuenta del relator, Sánchez ya había pactado la moción de censura con los independentistas. Suma y sigue. Liberó las cuentas de la Generalidad, tonteo con abandonar al juez Llarena en Bélgica, humilló a la Alta Inspección y la Abogacía del Estado, desdeñó la ocupación partidista del espacio público, el acoso y señalamiento de los disidentes y la reapertura de las ‘embajadas’, consintió la reunión bilateral de Barcelona y lamió con avidez tanto el escupitajo a Borrell como los 21 puntos de Torra; incluida la «mediación internacional que facilite una negociación en igualdad» que tan cachondos habría puesto a los batasunos en tiempos de ETA. El silencio de los barones viene de lejos. Desde el proceso de paz de Zapatero y la aprobación del Estatuto en Cataluña parece haber asumido la progresiva tala del Estado. Pudo envidar en favor del patriotismo constitucional y la denuncia de los clanes identitarios que asolan la convivencia y confunden ciudadanía y tribu. En su lugar despreció a los interlocutores convencionales, amarrado al imaginario que vincula España y sus instituciones con la dictadura. En comandita con las excrecencias tribalistas, tan del gusto de una izquierda que ni está, ni se le espera, orinó sobre el marco legal, Montilla mediante, cuando dijo aquello de que «No hay tribunal que pueda juzgar ni nuestros sentimientos ni nuestra voluntad. Somos una nación». Contaba el inolvidable César Alonso de los Ríos que Max Aub, de vuelta del exilio, no tenía problema en mostrarse muy español «por la sencilla razón de que había perdido una guerra, no a España». El PSOE que legó Zapatero nunca entendió aquella dignidad ni aquel realismo. Anteayer Alfonso Guerra, culpable en su día de estigmatizar a sus rivales políticos y reo como González o Aznar de haber engordado la bestia nacionalista, pero también infinitamente más lúcido, culto y bravo que la actual ejecutiva, preguntó si nadie comprende que «están calcinando la democracia». El viejo PSOE, secuestrado por una sucesión de inescrupulosos mercenarios, acabó parasitado de tanto humillarse ante quienes defienden que los muertos gobiernen sobre los vivos. Nada tiene de sorpresa, en definitiva, que ahora los vivos entierren al zombi.

Julio Valdeón

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