Me preguntas por qué me quité. Qué provocó que me orillase de la izquierda tal como la entienden algunos en España y ahora vague huérfano. Podría enumerarte mil perplejidades y hablarte de unas cuantas traiciones. Esta misma semana, estos últimos días, tienes lo de Fernando Savater. Que en el periódico ABC y cuestionado por el partido Podemos durante el ‘garbage time’ de la entrevista comentó que «tuvo 5 millones de votos» y «no creía yo que hubiera tantos tontos en España». De forma unánime los 5 millones o sus autoproclamados portavoces salieron a degüello. ¡En vez de agradecerle por disparar a bulto! Porque más allá de que su frase tiene un aire inevitablemente excesivo no puedes calificar de tontos a los que en pleno ejercicio de sus facultades votaron por un partido enemistado con la presunción de inocencia, la igualdad ante la ley, la redistribución de la riqueza entre los ciudadanos y los derechos políticos de todos. No puedes tachar de mentecatos a quienes jalean o al menos disculpan al Nicolás Maduro de los opositores encarcelados y los periodistas purgados y los escuadrones de la muerte. No puedes dar por memos a los 5 millones que en nombre de bálsamos de Fierabrás como el ‘diálogo’ y la ‘política’ asumen que la democracia es otra cosa que la ley sin distingos por razones de cuna, renta o raza ni despachar como simples frívolos a quienes consideran que las reivindicaciones nacionalistas pueden asumirse como otra cosa que pura bosta. Sobre todo, no puedes leer los comentarios en redes sociales contra Savater, preso con Franco y amenazado de muerte por ETA, uno de los pocos intelectuales que tomó partido, partido hasta mancharse cuando el 99,9% de sus modernos odiadores actuaba entonces como un discreto y pusilánime comemierda, pues la vida iba en serio, y no replantearte la situación límite, desesperada, agónica, de una izquierda en manos de inútiles y/o canallas y que tiene poco, muy poco que ver con las aportaciones de teóricos como el sociólogo marxista Erik Olin Wright, y mucho, demasiado, con los conspiranoicos desvaríos de una Naomi Klein o las alocadas hurras al nacionalismo de un Jon Lee Anderson ciego de tópicos. Una izquierda mainstream que ha logrado el milagro de desactivarse así misma y negar buena parte de sus mejores logros a base de abrazar todas las causas reaccionarias que encontraba. Del comunitarismo al velo. De la segregación por el sexo o la pigmentación a la desconfianza hacia la indagación científica. De las campañas antivacunas y la reeducación de los herejes en cuestiones de género al masaje con final feliz que procuran a quienes riegan con sangre y fuego Venezuela mientras se cuentan por cientos los torturados y desaparecidos, y de ahí a las reuniones en la celda con un tipo que en 2008 escribía que «los catalanes tienen más proximidad genética con los franceses que con los españoles». Si esto sigue así llegará el día en que serán absolutamente indistinguibles de los predicadores de herencia carlista y salivazo xenófobo y los clérigos que pohibían libros por atentar contra la moral. Desde luego cada día recuerdan más a aquellas izquierdas marginales, herederas de los cacaos batasunos y las sectas milenaristas, que en el Valladolid de mi adolescencia y con involuntaria actitud Life of Brian marchaban el 1 de mayo por su cuenta para pregonar sin sonrojo el próximo hundimiento de la civilización occidental. Tontos, dice el filósofo Savater de Podemos y sus votantes. Se me ocurren adjetivos bastante más precisos, bastante más amargos y sobre todo exactos para explicarte por qué me quité y lo solos que estamos.

Julio Valdeón

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