Lo explicó Ramón de España en Barcelona, durante la presentación de La deriva reaccionaria de la izquierda, del profesor Félix Ovejero: «Para solidarizarte con Nicolás Maduro [como acababa de hacer la CUP], tienes que ser muy tonto, muy mala persona, o las dos cosas». Poco después llegaron los asombrosos tuits de lumbreras como Alberto Garzón y el hacendado de Galapagar, denunciando los golpes de Estado de la CIA y la legitimidad de un chavismo que parece diseñado por Steven Levitsky y Daniel Ziblatt para explicar fuera del laboratorio cómo palman las democracias. El discurso de la izquierda retrógrada, que vive en el 54 y confunde al indecente Maduro con Jacobo Arbenz Guzmán, encuentra su complemento en un gobierno incapaz de ayudar a la oposición democrática. Mientras aquí en España los mejores cachorros de la burguesía reeditan el maquis desde la siempre confortable trinchera de las redes sociales, abrigados por la evidencia de que el dictador que tuvimos come tierra desde hace medio siglo, proliferaron las muestras de comprometida simpatía por un infame que mantiene al 80% en la miseria y se especializó en represaliar opositores y amordazar periodistas. Las inconsistencias espacio/temporales de nuestra izquierda, la peor de Europa, se explican por el carácter nostálgico de sus adánicos líderes. Altaneros cuando se trata de plantar cara a las potencias del Eje desde sus clases universitarias y arrastrados cuando toca enfrentar a una dictadura con las constantes vitales bien engrasadas. Audaces frente a un heteropatriarcado y una masculinidad tóxica que apenas si existe más allá de los demenciales papers de las discípulas de un fraude intelectual como Judith Butler, pero encantados de recibir el dinerito de un país, Irán, que cuelga homosexuales de las grúas. Respecto a Venezuela, la misma Venezuela festejada por Errejón antes de borrar sus épicos tuits, el Índice de Democracia de la Unidad de Inteligencia de The economist, que mide el estado de la cuestión en 165 países, le da un miserable 3.16 sobre 10 luego de estudiar la salud de los procesos electorales, el respeto al pluralismo y las libertades, el funcionamiento del gobierno y la participación política. Pero bah. Qué sabrá The Economist. Qué sobre la noble lucha bolivariana en pos del paraíso y quiénes somos nosotros, defensores de la aburridísima democracia liberal, para chafar las gloriosas ensoñaciones de nuestros mesiánicos capellanes.

Julio Valdeón

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