Parecía tan fácil empatizar con los taxistas. Oh, sí, gozaban de un monopolio blindado, vendían sus licencias por precios similares a los de un yacimiento de uranio y no bien subías al coche, cansado de cháchara y con ganas de leer el periódico o contemplar el paisaje, insistían en desembuchar sus opiniones sobre la subida del IPC, los enredos de la liga profesional de fútbol o las pertinaces desavenencias entre Paquistán y la India. Con todo, había que compadecerse. Estaban amenazados por la sombra maléfica de unos trolebuses multimillonarios. Rapaces del capitalismo turbo que vienen a liquidar el medio de vida de miles de honrados trabajadores. El huracán del cambio, la revolución tecnológica, amenazaban con aparcarlos en la misma casilla donde centellean los fósiles de los más fieros dinosaurios y las chisteras de los conductores de carruajes. Un laberinto del que nadie regresa. Los taxistas contemplaban melancólicos los días en que Martin Scorsese elegía su oficio como vehículo ideal para mostrar las peripecias del moderno argonauta. La sombra del próximo exterminio añadía un plus de gallardía a la figura del resistente, de guardia junto a la luz verde. Hasta que arrancaron los gritos, el descorche de testosterona, los insultos y la violencia. Quizá porque alguien los convenció de que la ciudad y con ella los ciudadanos no eran sino tramoyas y peones que el dios del mercado puso ahí para que paguen en cómodos plazos la dichosa hipoteca. Fue entonces que el movimiento de resistencia de los taxistas concitó las enfervorizadas adhesiones de cuantos vienen trabajando estos años para despeñar la democracia liberal tal y como la conocemos. Ada Colau, ajonjolí de todas las salsas antisistema, proclamó su disposición al acuerdo y abanderó la lucha de los monopolistas ofendidos. A nadie puede sorprender al fin la creciente radicalización del colectivo y las imágenes de políticos vejados por la turba, familias entrampadas a la entrada del aeropuerto y proyectiles contra los vehículos para minusválidos. La antipolítica bebe de la creciente podredumbre de los argumentarios, la sudada movilización de las emociones, el descrédito de la ley en favor de la fuerza y una fe letal en la posibilidad de que por una vez el fin justifique los medios. De ahí que a los taxistas se les esté poniendo el grito amarillo, entre el lepenista limón de los chalecos franceses y el colorcito ictérico de los lazos golpistas.

Julio Valdeón

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