Bienvenidos al carnaval de los obscenos. Cuando algunos populistas aciertan a diagnosticar la demagogia de algunas leyes imperfectas y el resto, por llevar la contraria y sobre todo y especialmente por cobarde y arrastrado y mediocre niega lo obvio. O cuando el Tribunal Supremo, en quiebro imponente, arguye que toda violencia de un hombre contra una mujer es por definición machista y que violencia machista es y será toda violencia de un hombre contra una mujer. Fabuloso, ¿verdad? Pues no lo será tanto si hasta el juez y columnista Miguel Pasquau Liaño, que se cuenta entre los defensores de la Ley Integral de Violencia de Género, ha escrito en CTXT que tiene sentido plantearse la reforma dado que “la sentencia da la razón a quienes sostienen que la ley da un trato desigual a actos semejantes de violencia por la sola razón del sexo del agresor y de la víctima”. Por otro lado inevitable: la sentencia nace del delirio previo, del derecho penal de autor. Los jueces se limitan a cumplir con lo suyo. Poco después no menos de cien asociaciones feministas -¿cuántas hay, miles?- anuncian movilizaciones para evitar la ofensiva machista y, ay, comparan a quien niegue la hipótesis de la violencia de género, o al menos aspire a matizar, con los negacionistas del Holocausto. “Hay un enfoque feminista que apoya determinados aspectos de la ley contra la violencia de género de los que nos sentimos absolutamente ajenas”, escribían en 2006 juristas, diputadas e intelectuales como Manuela Carmena, Empar Pineda, María Sanahuja, Cristina Garaizabal, Paloma Uría, Reyes Montiel y Uxue Barco, “entre ellos la idea del impulso masculino de dominio como único factor desencadenante de la violencia contra las mujeres”. “En nuestra opinión”, abundaban, “es preciso contemplar otros factores, como la estructura familiar, núcleo de privacidad escasamente permeable que amortigua o genera todo tipo de tensiones; el papel de la educación religiosa y su mensaje de matrimonio-sacramento; el concepto del amor por el que todo se sacrifica; las escasas habilidades para la resolución de los conflictos; el alcoholismo; las toxicomanías… Todas estas cuestiones, tan importantes para una verdadera prevención del maltrato, quedan difuminadas si se insiste en el “género” como única causa”. Respecto a la comparación con el Holocausto escribí ayer pero no me repongo. Repito, o sea, que negar la violencia de género es exactamente lo mismo que negar lo sucedido en Treblinka, Auschwitz, Bełżec o Sobibór. Bueno, está el detalle de que la “violencia de género” es una una hipótesis para tratar de ahormar las causas de un problema multifactorial, mientras que la Shoah fue un suceso histórico muy concreto. Un genocidio con seis millones de muertos. Equiparar “violencia de género” y Shoah revela, por otro lado, los prejuicios xenófobos de la izquierda reaccionaria. Xenófoba y antisemita. Al cabo parece urgente que en los planes de estudio sean obligatorios las 10 horas del documental de Claude Lanzmann. Aquella película terrible, nada que ver con la pulcra obra de Spielberg, que arranca a las puertas de Chelmno, donde asesinaron a cientos de miles de personas. Sólo dos sobrevivieron, Michaël Podchlebnik y Simon Srebnik. “No se puede contar”, comenta Srebnik al regresar a lo que fue Chlemno. “Esto siempre era tan tranquilo. Siempre. Incluso cuando quemaban a 2.000 personas al día, judíos, era igualmente tranquilo”. “Las llamas”, susurra el hombre al que los alemanes incrustraron un balazo en la cabeza dos días antes de la liberación del campo, sobrevivió gracias a los cuidados de un médico soviético, “llegaban hasta el cielo”. Detrás de su voz escucharán pájaros. Si afinan el oído quizá también a quienes entre el analfabetismo más frívolo y la cruda indecencia vienen hoy a blanquear el monstruo. Vergüenza.

Julio Valdeón

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