Hay un Madrid central, al que no exterminaron ni los alcaldes casposos ni el faraonismo de sus sucesores ni las infectas guerras culturales de la actual regidora. Un Madrid de garitos de rock and roll, librerías que resisten como trincheras, del Rastro como rompeolas de todas las cacharrerías sentimentales, ecos de Larra y Foxá y apuntes de Trapiello, los Burning, Ariel Rot y Sabina, que arde en la nueva novela de Ada del Moral, Cola de ratón. Un tratado post 11-M que convoca a los supervivientes de la Movida y los confronta con la situación de unas generaciones que quince años después siguen bailándoles el agua. Entrevistada por Borja Martínez en Leer explica que [Cola de ratón] “Es un tra­bajo de campo, pura zoo­lo­gía, pero a la vez es pura fic­ción. Es ver­dad que los he visto de cerca y me dis­gusta la natu­ra­leza engreída y arro­gante de algu­nos de ellos. Esa espe­cie de dis­tan­cia absurda de los lla­ma­dos inte­lec­tua­les hacia todo lo que no sea su casta es un horror y una lacra”. No hay compasión por los mandarines del asunto, redondos de cargos públicos y moraditos de rencor y privilegios; tampoco hueco para esa literatura que duerme a los caimanes. Autorreferencial. Aburridísima salvo que seas Umbral o Bukowski, en la que el escritor habla de sí mismo y sus amigos, y tan alejada de las playas de la realidad como los restos del Titanic de la superficie del mar o los discursos del nacionalismo catalán de las lealtades del pacto constitucional y hasta de la mera cordialidad cívica. Precisamente el creciente provincianismo de una Barcelona agostada, y la abrumadora consagración de Madrid como la gran ciudad española y europea, multiplica el interés de una obra esculpida con una escritura golosa y rica y poblada de personajes maravillosamente dibujados. La confirmación de que Ada del Moral es una de las grandes escritoras de la generación que llega y el mejor argumento contra los partidarios de la novela concebida como un inane laberinto de guiños metaliterarios y juegos posmodernos. Cola de ratón ofrece un disparo de atardeceres y pastillas, cervecerías rubias, glorietas imantadas de memoria, fuentes de latón, palacios, meninas, pensiones, espejos y gatos de este Madrid “invisible” pero todavía “insustituible” y los condensa en uno de los grandes relatos de los últimos tiempos. Madrid bien merece esta agridulce y rotunda carta de amor.

Julio Valdeón

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