Vivimos días delirantes. Plantear objeciones a una ley, pongamos la LIVG, provoca que te acusen de criminal y cómplice de asesinos. También asoman iluminados que piden el nombre de las asociaciones que asisten a las mujeres a fin de elaborar listas negras. Hay quien confunde la crítica al “feminismo de género”, radicalmente antifeminista y enfrentado con los principios de la democracia liberal, con una apología de la caverna. Otros prefieren disparar a bulto y dejar a la intemperie a las víctimas. Pero como denuncia la antropóloga y sexóloga Leyre Khyal, “la ley integral de violencia de género no es solo una ley, es parte de un sistema de protección que da cobertura a situaciones en ocasiones de máximo riesgo vital para las personas. Uno no puede decir que quiere derrocar algo sin hacer una propuesta, un plan, una alternativa”. Del otro lado encontramos a quienes todavía confunden la empanada intelectual de una Judith Butler y el champán aguado del pensamiento posmo con la defensa de los desposeídos o el combate por la justicia. La gente razonable asiste atónita al duelo entre los nostálgicos del Ancien Régime y las zumbadas convencidas de que estamos a dos telediarios de sustituir el neoliberalismo capitalista y patriarcal y hetero por una suerte de comuna global libre de pronombres machistas y violencias que medicalizan los cuerpos. Al carnaval añadan a los partidarios de las supersticiones, a los amigos de las identidades culturales y las tradiciones como cedazos de ciudadanía, nacionalistas de diversa ralea, a los enemigos de la globalización y a los incondicionales de los monopolios lingüísticos, culturales y etc. Todos ellos, curiosamente, parecen muy partidarios de la era de los cazadores-recolectores y detestan al urbanita y cuanto representa. La víscera, la sustitución de la racionalidad por los prejuicios, el reaccionarismo conservador que bebe del ideario romántico y el reaccionarismo de izquierdas se retroalimentan mientras la mayoría de los comentaristas se esconde debajo de la mesa y/o escribe simplezas y mientras, como explica Félix Ovejero en uno de libros indispensables de 2018, “las emociones suplen a los argumentos y la realidad o la razón dejan de oficiar como restricciones de lo que se puede decir. Lo que yo siento es lo que es. Con eso basta”. España, ensimismada y grogui, camina sonámbula entre los complementos populistas que ofrecen los demagogos y unas razones dignas del frenopático.

Julio Valdeón

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