Un año desde las leyes de desconexión, el referéndum del 1-O, la república proclamada durante 10 segundos y la desbandada del gobierno regional. Quizá haya pasado tiempo suficiente para intuir si Cataluña va o viene y si se impone la pedagogía de la ley o triunfa el embate antidemocrático. El viajero que llega a Barcelona encuentra motivos para temblar. La sensación, personalísima y subjetiva, de que esta Navidad, igual que la anterior, la ciudad mediterránea dilecta de los touroperadores luce un poco más abandonada, un poco más sucia, crispada y triste. Por supuesto que influye la negligente gestión municipal. La dramática incapacidad de una activista con vocación de actriz para tocar tierra y gobernar en favor del interés general y no de su insaciable necesidad de posar. Pero no todo debe y puede achacarse al colosal fracaso de la Emperatriz de la Ambigüedad (©Josep Borrell). El mar de fondo, el virus independentista, condiciona la peripecia diaria e hipoteca el futuro. De momento ganan, ganamos, los partidarios del Estado de Derecho, los defensores de la Constitución, los que sabemos que España es hoy la garantía de los derechos de todos, la libertad y Europa, frente al relato supremacista de quienes pretenden parcelar el territorio común, expulsar a sus conciudadanos y levantar torretas, alambradas y muros. Pero todo puede cambiar. Incluso después de que sea lastimeramente obvio que esta pobre gente no puede dinamitar el Estado mediante gincanas. Por más que lleve meses sometido a tensiones brutales tanto por los golpistas como por un gobierno de la nación en caída libre.
Preguntado al respecto, Félix Ovejero, profesor titular de Economía, Ética y Ciencias Sociales en la Universidad de Barcelona, explica que “En algún sentido estamos mejor. El año pasado estábamos jugándonos la apuesta de la independencia. Este año, si acaso, la impunidad. Era una previsión: el juego independentista funcionaba con una estrategia ganadora: la independencia como amenaza o algo a cambio, que era un paso a la independencia. Nunca se perdía. De pronto descubrieron que la impunidad se terminaba, que podían perder y que, si acaso, suspendida la autonomía, tendrían que luchar por conseguir lo que daban por supuesto. Pero en otro sentido estamos peor, mucho peor. Para Ovejero, que acaba de publicar uno de los ensayos decisivos de 2018, La deriva reaccionaria de la izquierda, “el discurso que hizo posible lo que te contaba, la tercera vía, que consiste en asumir las propuestas nacionalistas con dos años de retraso, el del PSC, que nos ha conducido donde estamos, es hoy el discurso de presidente del gobierno de España. Es muy serio que se asuma que quienes quieren destruir el Estado tienen sus buenas razones, que la culpa de sus ideas es de los constitucionalistas”.
Desde luego que en las calles de Barcelona masticas el cansancio. Un hastío muy viejo. Una incertidumbre radical. Cómo no, si este mismo sábado el ejecutivo de Pedro Sánchez pactaba un comunicado en el que anima a negociar fuera de la Constitución. Si después de contrarrestar las flores amarillas con flores rojas (qué prodigio de maquiavelismo, qué hilar con finura digna de Andreotti), va y asiste impertérrito a las declaraciones de un Torra desatado mientras sus consejeros participaban en una manifestación para “Tumbar el régimen” y Artadi dedica sus ruedas de prensa a chulearle.
De eso iba el quilombo de ayer. Para eso trabajan desde hace años. En ausencia de resultados concretos, y siendo evidente incluso para los más hiperventilados que la independencia tendrá que esperar, que el xenófobo sueño de la Dinamarca Sur vuelve a aplazarse, estas movidas coloristas, los choques con los antidisturbios, las declaraciones altisonantes, la puesta en escena digna de los Monty Python, sirven para recordar a Sánchez quién dirige el cotarro y hasta qué sima de desprestigio pueden conducirle en su empeño porque decapite a Montesquieu.
Según el escritor y periodista José María Albert de Paco, profundo conocedor de la Comunidad y látigo del populismo desde sus implacables columnas, “La aplicación timorata del 155 en octubre de 2017 ha provocado que el intento de romper España se eternice, con el agravante de que ahora hay un Gobierno central dispuesto a practicar la versión más laxa y nociva del tercerismo, la de las concesiones inopinadas, sin más sentido que el trueque y la componenda. La intervención de Cataluña debía haber servido para restablecer la españolidad de Cataluña en todos los órdenes, y ello habría requerido tiempo, quizá años”
Felicitemonos al menos que un año después del 1-O y a pesar de todos sus esfuerzos Cataluña sigue en España, Europa y el euro. Aunque 400 días más tarde sufrimos en Madrid un gobierno entregado a las malignas chifladuras de quienes esta misma semana desairaban la Constitución por obligarnos a una economía capitalista, de mercado. Con lo bonito que sería bucear la vía china para el desarrollo o cartografiar el atajo albanés rumbo al paraíso. De vuelta a casa la taxista me explica que esto está muy mal, que hace tiempo que las colas no dan vueltas kilométricas a la Sagrada Familia y que la culpa es de unos y otros. De los “unos” parece claro: están acusados de rebelión y malversación de fondos públicos, se investiga el comportamiento de una policía que podría haber incurrido en los peores y más siniestros vicios de la policía política, destruyeron el Estatuto de Autonomía, desobedecieron a los tribunales, incluido el Constitucional, y en general fomentan un proyecto político absolutamente totalitario, que aspira a destruir el entramado constitucional y a escapar con el 20% del PIB y con un territorio que tan suyo como nuestro. Lo de los “otros”, en cambio, sólo puede entenderse si hablaba del PSC. Culpable de fomentar la idea podrida de que existe un término medio entre el santo capricho de los nacionalistas y el salvavidas de la Constitución. Garantía de que el nuestro todavía sea un país de ciudadanos iguales ante la ley. Libres e iguales. De momento.

Julio Valdeón

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