Cuentan los flautistas de Hamelín, notarios del miedo, que Europa cae. Que el sueño de un continente limpio de costras nacionalistas y bultos totalitarios cede ante el envite de las metafísicas unidas. Desde luego los españolitos no necesitamos viajar mucho para encontrar el catálogo completo de virus. Hace tiempo que disfrutamos de un carlismo xenófobo. En el caso vasco la nigromancia derivó en tiro en la nunca y amonal. En Cataluña, más finos, desova golpistas disfrazados de cursis. Amancebados por la abyecta xenofobia y ese empeño de fundar naciones desde la mugre de sus coros y danzas. Luego está la izquierda, ay, la desnortada, reaccionaria izquierda española. Abducida por las miasmas tribales y la posmoderna charlatanería identitaria. Incapaz de alumbrar una idea propia. Entre la seducción victoriana y el mejunje postestructuralista. Como éramos pocos acaba de irrumpir el buenismo. De Gustavo Bueno. Sección postrimerías. Balsa de piedra e hispanidades varias. Nutriente intelectual del sector ilustrado de un Vox con el manual del publicista Bannon bien aprendido: el buen populachero, millonario en ocurrencias, pescará en los ricos pastos de votantes huérfanos. Desde los colectivos neolíticos rebotados con los ecologistas hipsters a cuenta de la caza hasta los fenómenos que pagando 2 euros/hora por recoger aguacates encima van y aspiran a que cuadremos a los inmigrantes como si fuéramos saudíes. A todos ellos, a los que cantan el riau-riau racista, a los enemigos del mercado, las vacunas y la Constitución, y al nuevo populismo trumpero, bendecido por Marine Le Pen y tan cerca de Viktor Orbán y demás librepensadores, los amalgama la común desconfianza hacia Europa. La Europa que Trump y Putin aspiran a destruir. La Europa carcomida de burocracia y corruptelas, increíblemente frívola y kamikace en lo que respecta al intento de derribar la democracia española por parte de una presunta organización criminal que espera juicio, la Europa insuficiente, oh, sí, y también descangallada, abandonada, rodeada y rota, la Europa que nace como respuesta al inmenso cementerio de las guerras mundiales, antídoto para una futura reedición de Treblinka y o un nuevo gulag. Su salvación, lejos del recetario nacionalista, mefistotélico y místico de un Aleksandr Dugin, pasa por más Europa, su salvación, digo, será la nuestra. Desubicados peatones de una historia chunga y un continente atormentado mientras cabalgan juntos los viejos y nuevos enemigos de la libertad.

Julio Valdeón

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