Había hambre de Springsteen, devoción y nervios entre el público del teatro Kerr, en el 219 West de la calle 48. En la sala de máquina del barrio de los teatros. Al lado de una Times Square borracha de colores el músico legendario, quizá el rockero estadounidense más importante desde Bob Dylan, sin duda el de mayor proyección global, estaba a punto de salir a escena. Para hacer lo mismo que repite desde el 12 de octubre de 2017. Dos horas y media de recitar pasajes con el aplomo de un actor consagrado e interpretar canciones de sus distintas épocas. Los monólogos, tan estudiados, tan iguales entre sí noche tras noche, tan emocionantes porque es perrogativa de los grandes histriones dotar de vida a los papeles que interpretan, salen de la autobiografía que publicó a finales de 2016. Un texto extraordinario. En especial los capítulos dedicados a su infancia y adolescencia. Incardinados en la América posterior a la II Guerra Mundial, en el seno de una familia de inmigrantes italianos e irlandeses en Freehold, Nueva Jersey, una comunidad costera a caballo de las promesas en techinocolor de la América de Eisenhower y las profundas convulsiones que llegarían a partir de los años setenta. Con esos textos y esa historia ha cocinado un espectáculo doloroso, profundo y sencillo. La historia más grande contada por él mismo. Miniaturizada a sus exactas proporciones. La épica movida del niño de 7 años que un domingo de 1956 vio por televisión a Elvis Presley y quedó flechado. Todo en este “Springsteen on Broadway”, que llega al mundo gracias al concierto grabado en vídeo y el disco correspondiente, huye de los tópicos habituales. El recital ha sido registrado con mimo por Thom Zimny, mano derecha del músico desde que en 2005 dirigió “Wings for wheels: The making of ‘Born to run’”. Un director multipremiado que filma con tacto exquisito. Sin pirotecnias o adornos. Con énfasis en las arrugas y otros estragos. Luz mínima y un sonido muy puro para que acunen y acompañen la confesión desnuda. Encarado a “Springsteen on Broadway” el cronista no encontrará oportunidad de escribir cosas del tipo espectáculo apoteósico. O concierto maratoniano. O triunfo del rock de estadio. O comunión con tintes mesiánicos. Las habituales cuando toca respaldado por su grupo de siempre, la robusta E Street Band. La banda que lo acompaña desde principios de los años setenta. Lo de este 2018 ha sido una vuelta, con doble tirabuzón, redoblando la apuesta, por otros Bruce. Menos épicos. Más intimistas. Cercanos al espíritu de Woody Guthrie y John Steinbeck. El de “Nebraska” (1982). El de “The Ghost of Tom Joad” (1996). El de “Devils and dust” (2005). Por supuesto el de “VH1 storytellers”. Cuando en la presentación del disco de 2005 actuó con formato acústico en un teatro de Red Bank, Nueva Jersey y discutió con el público la génesis de un puñado de temas propios (‘Devils & dust’, ‘Blinded by the light’, ‘Brilliant Disguise’, ‘Nebraska’, ‘Jesus was an only son’, ‘Waitin’ on a sunny day’, ‘The rising’, ‘Thunder road’). También atacó el repertorio con arreglos intimistas e interpretaciones espartanas durante las largas giras de del 96 y el 05. En la primera casi no habló con el público. En la segunda se mostraba más receptivo y, sobre todo, más dispuesto a añadir instrumentos a la mezcla (desde un órgano hasta una guitarra eléctrica y un piano Wurlitzer). Aunque el precedente obvio era y es “Nebraska”. La obra folk, concebida en principio como maqueta para trabajar luego en el estudio con la E Street Band, y que no funcionaba cuando metían baterías, saxofones y pianos. Una colección registrada en su casa, en apenas tres días, a partir del 3 de enero del 82, con una grabadora casera, una Teac de 4 pistas y dos micrófonos que le proporcionó su técnico de guitarras de entonces, Mike Batlan. Fue así, en aquella granja solitaria, sin muebles, sin testigos, que dió voz a un catálogo de solitarios, perdedores, excombatientes, policías, alcohólicos, santos y pecadores. Nacen así temas del caliber de ‘Johnny 99′, ‘Atlantic city’, ‘Highway patrolman’, ‘State trooper’, ‘Open all night’, ‘Reason to belive’, ‘Downbound train’… O ‘Born in the USA’, una canción que en su paseo por Broadway recupera el espíritu original de aquellas sesiones. Desprovista de cualquier tentación patriótica. O ‘Mansion on the hill’. La génesis de todo aquello había que encontrarla en ejercicios similares presentes en “Darkness on the edge of town”, del 78. En su deslumbramiento con la película de “Badlands”, de Terrence Malik, que cuenta la terrible y desdichada historia de los asesinos Charlie Starkweather y su novia Caril Ann Fugate. Aunque la veta acústica de Springstreen bascula hacia la América en blanco y negro de “The americans”, el libro del fotógrafo Robert Frank, sería injusto escribir que el espectáculo se resumen en un paseo por el lado terrible. En realidad abundan las estampas de niñez y los diálogos con fantasmas. Recuerdos de su madre en la oficina, la mujer más expansiva, dulce y alegre. Napolitana enamorada del swing y las big bands de los cuarenta. Que en 50 años de trabajo jamás faltó un día a la oficina, y enferma de alzheimer desde hace 7. O su padre. Su modelo. Su ídolo. Su terror. Devorado por la depresión y enredado mil trabajos de subsistencia, taxista, trabajador de la fábrica de nescafé, conductor de autobuses… “Era el último día del primer embarazo de Patti”, recuerda Springsteen justo antes de cantar ‘Long time coming’, “y recibí una visita sorpresa de mi padre en mi casa en L.A (…) Mi padre, que nunca fue un hombre muy hablador, soltó: ‘Has sido muy bueno con nosotros’. Asentí con la cabeza… Añadió: ‘No fui muy bueno contigo’ y la habitación simplemente se quedó muda”. En ese momento, e incapaz de vencer el dolor, trata al menos de disimular las lágrimas. Esto, este monólogo y esta canción, apenas han aparecido en el espectáculo. Pero sucede que Zhimny estaba para grabarlo uno de los pocos días que cantó ‘Long time coming’. El resultado escalofría. Como impacta el momento, casi al final, en el que Springsteen recita el padrenuestro. Un momento tan potente, descarnado y emotivo que dejaría clavado al mismísimo Richard Dawkins. “Si no lo hubiera conocido tan bien habría jurado que estaba disculpándose. Lo estaba haciendo”, añadió Springsteen recordando el episodio con su padre, “Y así, en los últimos días antes de ser padre, mi propio padre me visitaba para advertirme de los errores que había cometido y advertirme que no los hiciera con mis propios hijos. Fue el mejor momento de mi vida con él, y fue todo lo que necesitaba”. Seguramente ninguno de ustedes podrá disfrutar en Broadway de los últimos días del espectáculo. Tranquilos. Todo lo que necesitan quema en el especial que estrena Netflix. Oro puro. Testimonio de la alucinante facilidad que el autor de ‘Growin’ up’, ‘My hometown’, ‘The wish’, ‘Thunder road’, ‘The promised land’, ‘Tenth avenue freeze-out’, ‘Tougher than the rest’, ‘Brilliant disguise’ o ‘Land of hope and dreams’ atesora para indagar en lo profundo mientras la competencia muere en la orilla. De su rotunda capacidad para contar historias y entretener mientras con disimulo te corta el gaznate. Lo mejor que ha hecho Springsteen en muchos, muchísimos años.
