Me explico fatal. Sólo así entiendo que sorprenda mi desconfianza hacia Vox. O que alguien crea que me fastidia su conservadurismo. Que por cierto no es tal en asuntos como las lenguas, que consideran supeditadas a los hombres, y aciertan, y desprovistas de derechos, y desde luego. Pero claro. También hay quien sospecha que servidor abomina de Podemos por cojear dicho partido del pie izquierdo. Descontadas sus nostalgias, su polvorín dialéctico, su cochambre intelectual. Descontado incluso su blanqueado cal y canto a las putrefacciones venezolanas, y miren que es descontar, de Podemos me repugnan los fervores tribales. La cosita sucia, historicista, romántica, que los lleva a exhibirse on all fours ante los xenófobos. Enfermos del mismo delirio que hace que Vox apele a la historia de Pelayo en adelante para ofrecerme un masaje que no requiero, gracias. Mi orgullo, si orgullo, nace del 78. De la Transición. De cómo este país ni mejor ni peor que el resto levantó un portentoso experimento democrático. La convivencia en paz de los distintos. La convicción de que somos libres e iguales. La laboriosa consolidación de una democracia que en materia de protección de los derechos humanos pasa cum laude todas las ITVs de los organismos internacionales. Lo que no tiene un pase, puestos a recorrer otros pastos populacheros, es que Vox ponga el grito a las puertas del cielo por la ofensivas paridas de un Willy Toledo, no digamos ya por el chiste cobarde y fácil a costa del patriotismo constitucional español de un Dani Mateo, mientras que del otro lado, o sea, del mismo, los chomskystas del mundo uníos que a mí me da la risa clamaron contra la concesión del premio PEN a la libertad de prensa a los héroes de Charlie Hebdo. Convenientemente masacrados por los partidarios del multiculturalismo yihadista. O que en fechas recientes hayan celebrado la sentencia que indemniza a Irene Montero a cuenta de un poema satírico. Al tiempo que jalean al raperito lacoste y sus apologías de la tortura con nombre y apellidos. O que Vox aspire a extranjerizar a un Echenique y que el jefe de Echenique negocie con quien aspira a extranjerizarnos a todos. La única equidistancia posible, la única que admito, me separa del populismo a babor y estribor con desprecio directamente proporcional al volumen de sus graznidos. Qué importa hacia dónde se escoren si son enemigos del ideal republicano. Del anhelo democrático, racional y europeísta que en España ya sólo defienden el juez Pablo Llarena y el Rey Felipe VI.

Julio Valdeón

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