Mayo de 2017. Josep Borrell firma un artículo en El Periódico, Lázaro Sánchez. El título lo dice todo. Al tercer día Pedro Sánchez resucitó y hasta vivimos para verlo convertido en Sánchez cuántico. Prodigio a unas Ray-Ban grapado que dice o hace dos cosas al mismo tiempo y es pero no es el que fue entonces. Borrell elogia su resiliencia y explica los motivos del patrocinio: «Yo le he apoyado porque coincido más con él sobre tres cuestiones fundamentales: el modelo de partido, la política de alianzas y el modelo de Estado». Bien. Modelo de partido. Donde un diputado escupe al ministro de Asuntos Exteriores y el gobierno por boca de Sánchez responde culpando al PP que todo lo crispa mientras el PSOE, por jeta de Lastra, susurra que aquí nadie vio nada. Política de alianzas. Con Podemos. Cuya secretario general, antes de verse en la cárcel con uno de los arquitectos del intento golpe de Estado, aseguró que «Felipe González tiene el pasado manchado de cal viva». Cuya diputada Marta Sibina Camps escribe en tuit inolvidable que «En las teles del Régimen los fascistas que levantan el brazo son “ciudadanos que protestan”. Ahora parece que en el Congreso tampoco se puede llamar fascistas a los fascistas. Entre Borrell y Gabriel Rufián, lo tengo claro». Por supuesto con la propia ERC. A la que acaba de sacrificar a Edmundo Bal, prestigioso abogado del Estado y látigo de corruptos en el juicio a la Gürtel. Pero Bal, ay, era partidario de acusar por rebelión, y como escribió anteayer en El País Carlos E. Cué, Sánchez «jugó fuerte con todo, incluida la abogacía del Estado, para intentar salvarlos [los presupuestos]». Al final, y sigo con el artículo de Cué, no pudo ser: el precio era demasiado alto. Nada menos que «intentar darle la vuelta al juicio del procés, algo que el Ejecutivo siempre vio inviable jurídica y políticamente». Atención. No inmoral por ciscarse en la separación de poderes y/o dar oxígeno a unos golpistas. No, el problema es que, bueno, es ilegal y para colmo tampoco sale a cuenta. La delicada atención a las necesidades de los golpistas, el empeño en lograr que los supremacistas se encuentren “cómodos”, las infames reuniones de emisario Iglesias, las presiones sobre los jueces y fiscales del Supremo, el descalabro en la imagen internacional de España (esperen, esperen a que la Abogacía del Estado tenga que defender ante el Tribunal de Estrasburgo una eventual condena por rebelión) y, por supuesto, el empeño por entenderse con xenófobos y reaccionarios antes que con los otros partidos constitucionalistas, y al final miren, lo escribió Pepe Hierro, después de tanto todo para nada. Respecto a Borrell, yo entiendo que los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Que su vanidad herida propiciara que apoyase al candidato Sánchez. Pero no, de ninguna forma, que condecorado de esputos todavía consienta que un Rufián lo llame “indigno” y, superada ya cualquier humillación, que los suyos lo desamparen en aras de preservar a Sánchez cual Kennedy minion en Moncloa.

Julio Valdeón

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