Con su tacto característico Trump ha desplegado una serie de tuits impresentables sobre los incendios en California. Acusa a los bomberos, denuncia a las autoridades, está a medio minuto de culpar a las víctimas y amenaza con cortar los fondos federales para la prevención de incendios. Imposible elegir peor momento para leer la cartilla a una población justamente traumatizada. Tenemos un líder que crispa, que abandona a los suyos, propicia enfrentamientos y atiza rencores mientras los servicios de emergencia recogen huesos humanos entre las pavesas y los testigos hablan de llamaradas de 30 metros de altura. Hay cientos de miles de desplazados. Continúan amenazadas hasta 60.000 construcciones. Inveterado adicto al postureo, sospecho que Trump no hubiera dicho lo mismo de tratarse de un Estado favorable a sus intereses electorales. Sin embargo y a pesar del rictus carroñero tiene razón cuando apunta posibles fallas. Obsesionados con extinguir los fuegos rápidos, que limpian el monte de matojos e impiden la acumulación de combustibles altamente inflamables, hemos creado las condiciones ideales para unos incendios catastróficos. Como escribieron hace meses en El País los ingenieros de montes Marc Castellnou Ribau y Alejandro García Hernández, estamos ante la llamada paradoja de la extinción, «esto es, que cuanto más eficaces somos apagando incendios de pequeña y media envergadura, más inducimos la acumulación de combustibles “salvados inicialmente” que alimentarán al próximo megaincendio, haciéndonos por tanto más ineficaces en la lucha contra los incendios verdaderamente dañinos». Paradójicamente, y tal y como recordaba Francis Fukuyama en Orden y decadencia de la política, «el Servicio Forestal de EEUU está considerado una de sus administraciones más exitosas, cuya calidad y esprit de corps han llegado a ser legendarias». Educados en el pensamiento naif y las gansadas morales marca Disney, incapaces de aceptar que el ciclo natural comprende también la muerte, que los árboles necesitan de fuegos rápidos y periódicos para mejorar su resistencia y capacidad de recuperación, perdemos tiempo, monte y vidas. No basta con denunciar el aumento de las temperaturas y las bajas precipitaciones. El cambio climático propicia lo que Ribau y Hernández llaman “tormentas de fuego”. Negar a estas alturas el calentamiento global y sus causas te situa junto a creacionistas, terraplanistas y geocéntricos. Pero a la espera de que las políticas internacionales reviertan el problema en el largo plazo qué tal si repensamos el gobierno del bosque. Urge intervenir en la raíz del problema. No limitarse a la gestión efectista de lo que, una vez desatado, resulta ya incontrolable.

Julio Valdeón

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