Cada vez que en 2016 entrevistaba a partidarios del actual presidente encontré un combinado de emoción y rabia. Algunos, bastantes, calificaron a Obama de, uh, “moreno”. Hablar aquí y ahora de racismo fastidia. La gente es buena. El pueblo bruto pero noble. Supongo que descontados los prejuicios, el puro analfabetismo y la maldad, el racismo de aquella gente, más o menos atemperado, más o menos disimulado, brotaba de un sentimiento de horfandad. Creían vivir de prestado. Colgados de un tiempo que no era suyo. Despreciados por los listos de las dos Costas como barcazas en la marejada global de un siglo XXI ajeno. Los habitantes del Medio Oeste, los evangelistas del Sur, los mineros del oxidado cinturón industrial, habían tomado el voto como si fuera un gorrión con arritmias y lo habían soltado en las urnas con la intención de que operase un milagro. No buscaban elegir a un político, simple mortal. Aspiraban a consagrar un héroe y restaurar una utopía. Regresiva, quimérica, ilusoria y siniestra. Algo así como volver a la América de sus padres, a los que llegado el caso resucitarían de entre los muertos, para recuperar el cielo en cinemascope y los días de vino y rosas, la confianza en el futuro y el orgullo de haber derrotado a Hitler. En su ánimo centelleaban aquellos coches fastuosos, jubilados por sucios, sustrato de los mejores poemas del rock and roll incipiente en un país que había cambiado la montura de John Wayne por el acero de las fábricas en Detroit. Ni que decir tiene que Trump prometió eso y más. Va en el sueldo y el mambo del tahúr populista barajar prodigios, recuperar arcadias, agitar truenos y ordeñar glándulas lacrimales. Dos años más tarde leerán esta columna a punto de saber si la gestión del león posmoderno sufre su primer revés. Los que no entienden nada, los que confunden a Obama como el siniestro ZP, los que celebran a Bolsonaro con tal de amargarle el día a los propagandistas del gulag y las cheerleaders de la orquesta roja deplorarán recordarlo: la libertad es incompatible con las deyecciones de quienes anticipando el paraíso ningunean los delicados contrapesos que garantizan su pervivencia. El hartazgo acaso explica pero no justifica el triunfo de los canallas. Trump debe ser censurado por las mismas razones que un Ander Gil. Por higiene democrática.

Julio Valdeón

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