Conmovedor. Casi a la misma hora en la que el gobierno del cambio, el gobierno contra la reacción, el gobierno del diálogo y la paz votaba en contra de suspender los contratos con Arabia Saudí, el rey Salman y el príncipe heredero, Mohammed bin Salman, caballeros andantes del progreso, lectores empedernidos de Voltaire, discípulos de Emerson, Tocqueville y Popper, ofrecían sus condolencias al hijo de Khashoggi. Cosas que pasan, pudieron decirle al bueno de Jamal. Tú ya sabes. Solicitas un visado y acabas como Maynard, Zed y el Tarado cuando Marsellus Wallace cogió las riendas del sótano en Pulp Fiction y llamó a sus secuaces empapados en crack para que no olvidasen el soplete. Al obvio castañear de dientes del vástago del periodista se une el leve detalle de que el resto de su familia hace tiempo que logró exiliarse. Según el Independent, los otros tres hijos y la ex mujer de Khahsoggi volaron primero a Emiratos Árabes y luego a EEUU. Toda distancia parece poca cuando cabe la posibilidad de que el palacio real te llame para compartir un delicioso te con los presuntos asesinos y descuartizadores de tu padre, o cuando menos con sus jefes, y en fin, que amigos para siempre es lo que yo quisiera ser cuando estas solo y no tienes nada que hacer. Mientras el presidente turco, Erdogan, comenta la jugada y los alemanes vuelven a situarse a la vanguardia de Europa, (¿qué haremos cuando nos falte Merkel?), Trump, ay, no sabe ya qué tuitear o decir para salvar la cara de sus aliados. Malditos killers, repite jadeante el presidente de EEUU en cuanto divisa un microfono. Ya puestos a apiolar, que está fatal, ojo, pero bueno, ya puestos, digo, pasa la vileda con un poquito más de garbo. Sobre todo no le pidas a uno de los verdugos que salga a la calle con la ropa del muerto y una barba postiza. Que además de delatarse se exponen a hacer el ridículo. Malditos columnistas, de paso. Sólo a un disidente como Khahsoggi se le ocurre liarse a puñetazos en el salón del cónsul con unos torvos delincuentes comunes que estaban de visita. Luego pasa lo que pasa. Unos pierden la cabeza y otros arriesgan el business. Menos mal que podemos, ja, Podemos comprarnos las corbetas a nosotros mismos, y así, más allá de astilleros, contratos y vísceras, con las elecciones andaluzas a vuelta de calendario y Khahsoggi en sosa cáustica, cantarle al príncipito, lebrel, yo solo sé vivir contigo y amigos para siempre, nonainonainonainonainonainona…

Julio Valdeón

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